viernes, 25 de noviembre de 2016

Jesús Mª Gómez Martín en La Asociación El Toro de Madrid






Dejó dicho Lord Brummel que la verdadera elegancia consiste en cruzar una plaza y que nadie se vuelva a mirarte. Seguro que estaba pensando en el invitado de Casa Patas. Atildado y expectante, sobriamente vestido de traje gris marengo, todavía con un moreno austral que no llega a bronceado de solárium, se presentó Jesús Mª Gómez Martín en La Asociación El Toro de Madrid. El leve desasosiego que se le intuía cuando se sentó frente a los presentes no se vio alterado por la entrada en la sala de Nacho Lloret. Al final, discreto y conciliador, Jesús  reconoció que presidentes y la nueva empresa estaban condenados a entenderse.
Jesús en sus intervenciones vocaliza para que se le entienda, proyecta una mesura diplomática, acostumbrado como está a achicar agua constantemente en ese océano a la deriva que a veces son las redes sociales -con una exposición mediática a veces mal entendida-, donde se le piden cuentas a todas horas, como si fuese el fiscal de todos los palcos de España. Con los la lección aprendida intentó guardar la ropa y mojarse poco. Sin elusiones, con una inspirada y fina semántica, supo fajarse el presidente.
El pulso firme que mantuvo su primera tarde, no regalando una oreja de autobús a Juan Carlos Carballo, la tarde de los cristales rotos de Cazarratas con sus banderillas negras y todo, la miurada que cerraba San Isidro, el mano a mano de Curro Díaz y Garrido en Otoño... las once tardes del presidente en el palco venteño (se omiten las de rejones, que ya en la tertulia alguien las contó también) bien valdrían de banda sonora del año 2016 en Madrid.
Enarca la mirada sorprendido cuando se le presenta como el presidente que ha devuelto al palco de la primera plaza del mundo la seriedad y exigencia. Para evitar sonrojarse enseguida toma la palabra, y desgrana cómo se metió en este mundo loco de los toros. Las corridas por televisión, en blanco y negro, con su abuelo las tardes de merienda (“cuando no había vergüenza por ver toros  en la tele”), cómo saltó de la carrera de Filología Hispánica a las oposiciones de la Policía, los inicios en el callejón de Las Ventas como delegado gubernativo, los momentos inolvidables entonces, como la despedida del maestro Esplá... y el broche final que da sentido a todo lo que le ha llevado hasta aquí: “He descubierto lo que soy. Soy aficionado. Como vosotros. Y os he conocido a través de redes sociales. Intentando romper esa imagen estereotipada e injusta del presi, lejana e inaccesible. De ahí lo de interactuar con vosotros”).
Anota todas las preguntas que se le formulan. Apunta también el nombre de cada uno de los contertulios que le interpelen, y con exquisita educación se dirige a ellos tuteándoles, consiguiendo de a poco llevarles al abrigo de su querencia de consenso. Emana de su discurso  la conclusión certera de que más allá de tener opinión hay que tener criterio, y Jesús de eso sabe tela.
Se muestra inquieto y sorprendido cuando  se le pregunta si ha sufrido  presiones, de cualquier tipo, negando la mayor (“Si vas a sufrir al palco no vayas. Yo disfruto siempre en el palco. Bueno, el día de Saltillo no tanto. Preocuparme me preocupa desmantelar una red de prostitución de chinos. Al palco no voy a preocuparme”).
Reniega de la opacidad injusta que impera en esto de los toros, con la que hay que acabar, y menciona ciertos puntos en común que se comentaron en el último congreso de La Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros y habla de que celebran la resolución del Constitucional, de mantener la seriedad en los palcos, de que lo mismo en Madrid se publiquen las actas, como  en Sevilla (“reconozco que en ciertos temas me siento como el verso suelto”), habla de la integridad ( “¿por qué no el  sistema de bolas de  País Vasco?”). Mostró cautela cuando le preguntaron si va a permitir en el palco las vueltas al ruedo no pedidas mayoritariamente, o los atascos en el callejón, y con una larga cambiada sentenció:
“No es recomendable que un comisario diga el público que va a acometer una ilegalidad. El pañuelo azul se saca cuando hay petición de la mayoría. Tampoco puede ser el palco un arco iris. Algunas cosas del reglamento permiten una interpretación. Debería existir unificación de criterios, como una vez le oía a  Molés: no pueden ser unos días palomas y otros halcones”.

El resto ya fue faena de aliño, gustarse en las suertes y expresar su Tauromaquia:
“Me gustaría como aficionado que se aligerara el peso de caballos”.
“Todos te dan consejos. ¡Hasta mi mujer, que no le gustan los toros! El mejor de todos ha sido que lo disfrute”.
“Como presidente Matías me ha gustado mucho. También me gusta estilo del que indultó a “Cobradiezmos”,  José Luque”. 
“Parte del triunfo de Las Ventas es la exigencia. Un presidente es un crítico en acción,  con muy poco margen de errorSomos humanos”.
“La opinión de los aficionados influye en el presidente, deja poso”.
“La enorme ventaja mía es que no conozco a casi nadie y no me conoce mucha gente”.
Nos tenemos que exigir mucho todos. Hay que pedir orejas bien. Ni con un papel ni con la mano. A veces desde el palco no se distingue bien si se está protestando, o pidiendo oreja o vuelta al ruedo…”
“Creo honestamente que es un error la dispersión normativa. En el caso de los análisis tras las corridas… Hay que hacer más post mortem.  No pasa nada por hacer más controles”.
“La última palabra, por mucho que sepan los veterinarios, es del presidente. Prevalece su decisión”.
“Hay que ordenar el callejón. Esto exige una reflexión conjunta de todos los estamentos. De todos”.
“Un presidente no lo puede decir pero tiene su corazoncito de aficionado, y le gustan unos más que otros”.
“No se puede conceder oreja a aquellas faenas que se rematen con una estocada defectuosa”.

Para cuando preguntó Rosco el presidente, agarrado al piso como un Garcigrande, antes de la cuestión ya afila su respuesta:

-Cuando le toquen las figuras, con sus camiones nocturnos, ¿mantendrá el mismo nivel de exigencia que hasta ahora?


- Me voy acordar de vosotros cuando me toquen las figuras...



Todavía en la despedida alguno, los más resabiados, buscaban a Jesús para estrecharle la mano, y al mismo tiempo que le felicitaban por su parlamento le recordaban el primer mandamiento del conspicuo aficionado: 

“Presidente, pagamos mucho seremos exigentes”.



Tu suerte será la nuestra. Que te vaya bonito, Jesús.






lunes, 31 de octubre de 2016

Frascuelo en lo de La Orson





Cuando, remontando Tirso de Molina, atisbaron al del traje azul oscuro-mentón afilado, gafas de sol ochenteras, patillas curradas, y un flequillo que no llega a ser tupé - uno de los hipsters le suelta al otro:
-Mira tío, el Johnny Cifuentes. El de los Burning.
Y yo quería decirles que no, que era Carlos Escolar, Frascuelo, matador de toros, que vamos ahora a echar un rato con él, con los de La Orson, hipsters como ellos, postureo del fino, que lo underground ahora es el activismo taurino,  en una cava subterránea para más inri, en una bodega enterrada bajo tierra, como una timba furtiva . Como si lo proscrito nos atrajese únicamente porque quieren prohibirlo.
Pero veo a Frascuelo ganar el vano de la librería donde vamos a oírle hablar de toros, y me sumerjo como muchos otros en las bodegas de Madrid, dejando a los hipsters atusándose la barba y haciendo apuestas de cuántos de los Burning quedan vivos.
Con un vocabulario ya en desuso, con ademanes de puro castizo, acompasado por gestos que reforzaban un discurso conocido por todos pero ignorado por la mayoría, un discurso torero de palabras ya difuntas, con un silencio de ópera, Frascuelo nos transportó a un  tiempo que se paró hace cuarenta años,  y reconoció lo bonito que era  para él hablar de toros en un sitio así, “aunque parezca que estamos en un búnker de refugiados, como si fuésemos tránsfugas". Porque el toro, para él, es una expectativa, una manera de expresarse, y una fiesta de costumbres del pueblo español (“aunque la fiesta de los toros no es nacional, no lo olviden; la fiesta de los toros es de todo el mundo”) en un tiempo donde todos los niños querían ser torero, o boxeador o cura, tres cosas muy importantes  entonces, y que hoy no sólo están mal vistas, sino casi perseguidas.
“De muy chico yo ya iba a las capeas con mi padre, que era un fenómeno, en una bicicleta que él tenía. Con 12 años en Vaciamadrid fue mi primera vez: le pegué tres muletazos a una vaca- que eran las que arreaban-  y luego ella me tiró… que también fue mi primera vez. Por entonces conocí a un primo de la Pantoja, me llamó la atención su sombrero cordobés, conocía a todos, muy aficionado; fue el primero que me decía donde eran las capeas y así me inicié. Luego conocí a un banderillero que era muy conocido entre los taurinos, Calderón, que era familia del Calderón sevillano  que descubrió a Belmonte. Él me presento a los Álvarez, que fueron como una familia para mí, los que me empezaron a apostar fuerte y a ponerme en todas los carteles. Todo va sobre ruedas, y es ahí cuando se da uno de los puntos de inflexión de mi carrera: la muerte por accidente de Luisito Álvarez. Me paraliza, como un bloqueo. Pienso en dejarlo, al no estar ya Luisito conmigo. Entonces fue cuando  entré en la casa Balañá.  Don Pedro Balañá me convenció (en contra de su mala prensa, tengo que decir que don Pedro era un gran taurino. Con sus cines, sus teatros, pero era gran aficionado, llenaba más de una plaza en Barcelona simultáneamente. Lo que no le gustaba era lo que rodeaba a los taurinos, esa manera de “manejarse”. Pero yo tengo un gran recuerdo suyo). Entré todas las plazas de la familia, pero yo lo que quería era torear en todas las ferias. Y ahí apareció la Casa Chopera. Vicente Zabala ya lo había puesto en un titular en grande en ABC: “Frascuelo entra en la Casa Chopera”. Nunca olvidaré la noche que pasé en el tren desde Madrid a Barcelona, para explicarle a primera hora de la mañana a don Pedro el titular. Para mi asombro, don Pedro más que enfadarse, una vez más, se comportó como un señor, y entendió mi postura, dejándome la puerta abierta si las cosas con los Chopera no funcionaban. Y en el setentaycuatro tomo la alternativa en Barcelona, de manos  de Curro Romero, con un toro de Juan María Pérez Tabernero. El otro era Paco Alcalde, quien también recibía la alternativa. Yo ya estaba en figura, iba todo rodado, hasta que pasó lo del Bilbao: cornalón gravísimo, que me tiene parado un año. Y luego ya todo cambió…”.
Y ya no hubo más biografía ni más memoria de la trayectoria de Frascuelo. Es como si lo que vino después no tuviese importancia. Lo más reciente parecía lo más lejano. Y ahí Frascuelo, lacónico y entrecortado, ya sólo habló de su credo y de  su manual de andar por la vida como un torero:
“Ahora se hacen cosas técnicamente inimaginables, pero carecen de alma, y no llegan a los tendidos. Puede que eso explique muchas cosas”.
“Antes había hambre, no sólo por ser entrar en las ferias, también en los tentaderos,  era difícil incluso que te dejasen hacer tapia. ¡Incluso era difícil llegar a las ganaderías!  Yo le debo mucho a los trenes de mercancías. Incluso en los tentaderos había jerarquía, respeto. Ahora los chavales si no les gusta te dicen: ` siguiente vaca,  maestro´…”.
“Yo le llamo Napoleón. Conozco a Simón Casas desde que quiso ser torero. Y creo que puede traer ideas nuevas, porque las tienes. Un bombo donde se sorteen toros y toreros… y que me meta a mí en San Isidro, alguien nuevo y con ganas”.
“Las dos cosas más importantes de la vida son parir y darle seis muletazos a un toro en Las Ventas. Y yo sólo puedo hacer una de ellas”.
“No es lo mismo movilidad que desplazamiento. El toro de antes se desplazaba, y te aguantaba diez, luego ya no podías darle ni uno. Lo de ahora se mueve. Pero es otra cosa”.

Y así salimos de las profundidades del Madrid sepultado,  pensando en cuánto invierno nos durará el relamernos con la torería del decano, antes de que la realidad del día a día nos devuelva de un sopapo a esa realidad que nos anega día a día, la que diseccionó Frascuelo bajo la bóveda  orsoniana y clandestina de ladrillo visto.

Y los hipsters sin saber lo que se pierden.




domingo, 2 de octubre de 2016

Últimas tardes con Taurodelta. Lo de Curro Díaz.









Hay una crónica de una tarde de Curro Díaz en la Maestranza, corría el año 2009, en la que se recrea la faena por la que le concedieron una oreja: “un trasteo que ha tenido pasajes de cierto encanto artístico, incluso el mérito de sobreponerse al dolor evidente de una espectacular voltereta. Claro que faena como tal no ha habido. Pases sueltos, sí, y muchos del "pingüi". La jerga taurina, de amplísima terminología, acuña muchos vocablos con significado contrapuesto a los que definen verdaderamente la importancia del toreo. Uno de ellos, "el pingüi", quiere decir más o menos el arte de lo inconsistente”.
A Curro Díaz en Madrid sólo le habíamos conocido ese endeble perfil, el del arte de lo inconsistente, el de un trincherazo aquí y un pase del desdén más allá. Pero al perro viejo, cuando todo se le vuelve pulgas, ya sólo le queda lamerse las heridas y perderse entre las penumbras en la noche de los tiempos. Por eso Curro ya sólo torea para él, sin pedirle cuentas a nadie, sin que se las pidan a él tampoco.
Puede que esta sea la temporada que más va a torear: puede que por la amable Puerta Grande en Madrid, por el asesoramiento de Joxin Iriarte… algo ha transmutado en Curro, y a la bizarría de su toreo va ensartado un yelmo de valor que antes no existía.
Hoy le salió un primero con el freno echado, las manos por delante, y cuando en la noche de los tiempos Curro Díaz no hubiese porfiado lo más mínimo, se plantificó en los terrenos del siete, despacioso y con aroma de un toreo casi difunto le fue ganando el paso a “Montesino I”, sometiéndole con un cambio de mano glacial, casi tan gélido como el temple en la muleta. Prueba en el tercio, pero ahí el toro se descubre reponedor, sin acople ni entendimiento el toro no rompió nunca palante, y con el aire molesto Curro no se da coba, que es de agradecer, como si fuese un preludio de lo que luego pasaría. La condescendencia de las palmas tapa que el toro ha estado por encima.  O Curro por debajo.
  
El tercero,  “Langosto”, de reata, es el que va a partir la tarde. Curro tiene pellizco, se le jalean sus maneras, pero el del Puerto únicamente sabe calamochear al galope, y poco a poco se hace el amo del albero. Campa a sus anchas en el tercio de varas, nadie se hace con él, y en un momento aquello es un descalzaperros de lidia: capotes de peones volando, Langosto buscando el camino de regreso a Tamames… Pero la gente quiere más de Curro, y  cuando se enfila ya con la muleta planchada todo sucedió tan deprisa que no dio tiempo ni a enlazarlo: articuló Curro tres pases por bajo, sometiendo a Langosto, y en un lánguido cambio de mano el pavo caza a Curro, lo zarandea por los aires como un guiñapo, nadie de las cuadrillas está cerca para sacar a Curro del infierno, salta desde el callejón Sebastián Ritter impolutamente vestido de traje a hacerle ese quite providencial, el alguacilillo que le llama luego al orden, y Sebastián, con el mismo instinto que le ha llevado a salvar a Curro le desairea la reprimenda al alguacilillo y con un manotazo casi le tira el chamelo - ¿sería por eso, y no por saltar al ruedo vestido de calle, por lo que quisieron multar, cosa que  luego el presidente desmintió?-,  en los tendidos ya sólo hay pavor y miedo cerval. Pero Curro se recompone, y engendra otra tanda de macho, y le intenta a hacer el mismo gesto (sometimiento y cambio de mano)  y ahí Langosto le navajea  como en una reyerta, y lo vuelve blandir por el cielo. Confusión, murmullos y aire denso de tragedia. Pero Curro, lo que queda de un Curro Díaz roto, se rehace, y  vuelve a la cara del toro. Tres naturales como tres cuadros de El Prado. Y nada más. Pincha 1,2.3 4 veces… en una de ellas Langosto le hace hilo, desmadejado y sin fuerzas Curro se llega hasta las tablas, otra vez sin noticias del peonaje… El albero en aquel entonces parece el camarote de los hermanos Marx, Se esfuma el trofeo, para los que cuentan las tardes por orejas. Pero, para los que miramos algo más allá, intentando entender, se desata una pequeña euforia en nuestro interior, que hace que el resto de circunstancias pierdan su sentido.
Aún dejó Curro Díaz para la hemeroteca un inicio en el estribo a su tercero, quinto manso y avieso de la tarde. Le endilga tres y le da salida al tercio, todo con la mano a la cadera -¿será esa silueta añeja lo que nos camela de Curro?-  y lo van acompasando en cada viaje. La gente está con Curro  -la solidaridad con la desdicha siempre ha funcionado- pero todo era empotrarse contra un muro.

José Garrido tuvo su vía crucis también. Puede que concretamente ayer la sombra de este Curro Díaz que aúna pellizco y cojones es realmente alargada, pero ayer a JG le dieron lo mismo los toros que al jienense, pero el reconocimiento de los tendidos nunca llegó. En su primero, “Joyito”,  648 kilos de zambombo, sueltísimo en el capote, haciendo trabajar a ambos picadores -casi descabalga al que guardaba puerta- con transmisión nula,  Garrido ahondó en el argumento del arrimón, pero lo tuvo que dejar por imposible. El cuarto brinca y rebrinca, siempre con la cara por los aires, aviesa y sibilina en todo lo que insinuaba, con este llegó el tropezón de Garrido, paralizando el corazón de todos de nuevo. Se yergue José como si tal cosa, pero luego ya todo es el tour del uno al cuarto pasando por el siete, para terminar el toro en chiqueros., y tras otra paliza al entrar  a matar Garrido termina en la enfermería.
Con una herida de 10 cm en el glúteo, y tras la impaciencia de algunos porque  Garrido no salía de la enfermería (¿?) acude el chaval a por el sexto. Pero la merma de ambos, renqueante Garrido como renquea “Langostero”, y ante la ausencia  de facultades del toro, el esfuerzo con sordina de JG deja en el aire la duda de por qué Garrido aún no ha entrado en la afición de Madrid.


Puede que algunos, los más, busquen algo distinto a lo de hoy, nobleza y obediencia en los toros, y arte y cultura en los toreros. Pero tardes cómo hoy subliman los más bajos instintos, hacen no perder la vista a lo que está pasando, y a unos cuantos les hace reconciliarse con un espectáculo que no conoce de segundas oportunidades ni ficciones.

Porque, al final, ¿no nos dijeron que se trataba de eso?


sábado, 1 de octubre de 2016

Últimas tardes con Taurodelta. La de Fuente Ymbro.




Como César Vallejo de su muerte, nosotros de Taurodelta ya sólo tenemos el recuerdo. No se han ido aún, y ya sólo nos queda lo que pudo haber sido y se quedó en intento. Hoy, en los estertores de la actual empresa al frente de Madrid, ya estábamos todos más pendientes del socio de Simón Casas que estaba entornando la mirada desde su localidad en el tendido (¿encontró lo que buscaba?) y de la pancarta en forma de declaración de intenciones (“Simón prepárate. Seremos exigentes") que se estiraba en la zona de los 20-30 integristas que hay que echar de las plazas. Igual que pasa con el toro, cada plaza tiene su razón de ser, y en algunas se enseñorean los toreros, y en otras queda todavía la jerarquía del reglamento y el contrapoder de los abonados que demandan toro antes que nada. Alguien tiene que hacerlo. Un diagnóstico más que una amenaza, se ponga algún periodista como se ponga.

Para esta segunda de la feria de Otoño se vino otra de Fuente Ymbro, que cumplía el sofisma aquel de que uno repite en Madrid cuando pega el petardazo en San Isidro.  Pero estos pavos que se trajo Gallardo de San Juan del Valle  no tenían problemas con el maíz. La corrida de hoy ha venido con una presentación ejemplar, toros parejos en hechuras -como se dice ahora en la jerga actual- bien armados, con prominentes pecheras, bajos de agujas, rematada la estampa… pero todo lo que lucieron por fuera venía yermo por dentro, y sin llegar a ser ninguno la tonta del bote – el juego que ofrecieron fue desinflándose a medida que iban desfilando- el que no buscó las querencias de salida las reclamó cuando se rajaba en la muleta, los remos más flojos que lo de las barcas del Retiro, y ese déficit de fuerzas sólo era suplido con cierta movilidad bronca y mansa. Resumiendo, a Gallardo le irá muy bien con Casas, le veremos a menudo. Más todavía.

Puede que Eugenio de Mora haya argumentado hoy lo más parecido al predicamento taurómaco que los que venimos día sí y día también escudriñamos en una tarde de toros. Con su primero, un galafate con el morrillo montado sobre el cuello, y con leña para todo el  invierno, a pesar de la condición huidiza que desarrolló en casi todos los envites , y tras perder las manos tras un par de puyazos simulados, principió Eugenio la faena de hinojos, entre las dos rayas, bajo la presidencia,  con el hambre del que empieza, o del que acaba, y enseguida se percibe que a “Lanudo”, que así se llama  el de FY, puede meterlo Mora en el canasto. Cuando se yergue Eugenio, con un leve cite ofreciendo por delante la muleta, planchada al frente, y con la pierna de salida sin ocultarla, sólo con eso, ya se ha desmontado toda la hagiografía moderna acerca de alargar la embestida y expresar la tauromaquia. Una proverbial forma de hacer las cosas, huérfana de accesorios, un soplo de aire añejo que nos hace entender tanto con tan poco. Y a pesar de lo escueto de fuerzas que anda “Lanudo” aún acompaña en un par de tandas que hacen rebullir a los aficionados de su trozo de cemento, cuando el de Toledo le endilga dos trincherillas al dije que incita a algunos a levantarse a aplaudir. Pincha Eugenio  la faena ( la vecina de abono recalca cómo saca el pompis al entrar a matar) y tras un aviso, meter la mano y perder el señuelo el triunfo del torero se evapora, pero a nosotros nos queda ese relamernos con ese pan que tantos días nos niegan y hoy nos sirve Eugenio de Mora en bandeja. Luego la mesura en el reconocimiento,  la ovación desde los tendidos y el saludo desde el tercio, desempolvan una de tantas otras recompensas que se hallan entre la concesión de orejas y el taparse. 
Del cuarto ni Mora se acuerda. Suelto de todas las suertes, al relance en el tercio de varas, doliéndose en banderillas… A pesar de intentarlo de largo y en corto, al natural y con el pase cambiado… no hubo caso. Casi mejor así, y seguir paladeando el primero.

Escribía hoy Juan Pelegrín (Simón, cambia lo que quieras cuando aterrices,  pero el talento es irremplazable) que Juan del Álamo ha cortado ocho orejas en sus últimas nueve tardes en Madrid, pero –añado yo- es posible que casi nadie se acuerde de alguna de esas nueve tardes. Y eso que a Del Álamo es posible que, junto a El Cid, sea el torero que más potra tiene en los sorteos, o quizá también que su cuadrilla, como la de Manuel Jesús, le pone las cosas muy fáciles, y no sólo en el ruedo. Le tocó a Juan el toro de la tarde, “Hechizo”, aunque derrengado de su escaso poder tras la primera vara –esa duda eterna de no saber si el toro es inválido o sin fuerzas-  brinda el mirobrigense un toro protestado… Pero “Hechizo”  puede servir. Le recoge en el tercio, y la desdicha de Del Álamo es que Mora ha toreado antes, y queda en evidencia ese registro de muleta en uve y  piernas abiertas, ese pacto de no agresión y no cruzar los caminos de toro y torero,  y al echarse lo a la izquierda todo son punteos y enganchones. El toro es noble y con clase, esos eufemismos que maquillan la merma  y la falta de fuerzas, pero hay movilidad y “Hechizo” mete la cara, pero el torero no se hace con los mandos en ningún momento. Juan se pone pesado, y el eco de los aplausos del nutrido número de sus paisanos se ahoga lánguidamente con las palmas de tango del grueso de los abonados que ya se saben lo del gato por liebre.
Con el quinto, abantón  de salida, frenado y sin emplearse en varas, se cae en cuanto se le exige entre los dos puyazos. Endeble el negro listón, deja a Del Álamo sin opciones. Aun así llegó un volteretón del que el torero disipa el pavor que transciende su caída al reincorporarse por su propio pie. Pero es ponerse de nuevo, y otro amago de paliza del que se libra por los pelos. Como tuitea don Ignacio Sánchez Mejías: “aquí nadie duda del peligro sordo de todos los toros, Afortunadamente, el 5º FY no ha tenido fuerzas ni para herir a Álamo porque lo tuvo a su merced”. Y porfía Del Álamo, en vano, mas todo queda en que ésta será la segunda tarde de las diez últimas aquí en las que Del Álamo no toca pelo.

Y luego está Román. La inconsciente, risueña tenacidad de Román. Ya no es el barbilampiño novillero al que le ofrecieron un apoderamiento en el callejón de Valencia con la alcachofa del Plus como testigo; Román ya se afeita, y viene de cortar una oreja en el ferragosto venteño, y ya le van sonando los resortes que pueden ponerle en circulación. Aunque feble y vacío por dentro, brinda Román al público y se lo saca a los medios.  Le da una distancia y lo hace con provocado descaro, mas el toro, “Laminado”, carece de fijeza. Marrajo y geniudo, suelta gañafones sin parar, y Román  no se ha acoplado nunca con él.  Gazapea y se revuelve en mitad de cada viaje. Acorta las distancias y la emoción llega más por el “que le pilla, que le va a pillar” y no por el toreo de fundamento. Ni uno limpio, nos quedamos con su terco afán y entrega sincera, que es como se viene a Madrid, pero tiene que haber algo más. Cuando se le concede una oreja amable sin petición el debate no versa en si se la merecía o no. De lo que se trata es que no hubo mayoría. Mal el presidente, y esto no lo arregla ni Simón…
El sexto, levemente protestado de salida, es el más escurrido de los seis. Así y con todo propina una caída de latiguillo a Pedro Iturralde (qué buenas cuadrillas llevan algunos, y qué poco partido les sacan...), más por desgracia del piquero que por tracción del toro. Después de pedirle los papeles a El Sirio en banderillas parecía que valdría. Román se vino  donde le quiso llevar “Emperador”, entre el  cuatro y el cinco -justo donde más pañuelos se blandieron en su primero. Y ahí, con cierto gusto y sin exigencias ligó una tanda convincente, la segunda con la zocata  ya fue todo tornillazos y brusquedades. Llegó el secreto a voces del volteretón. Aunque parecía que Román enfilaría el camino de la enfermería, no quería dejar enfriar el tempo, sabedor de que estaba más cerca la Puerta Grande que la de García Padrós. Pero luego ya todo fue  ausencia de acople y puro arrimón: exposición innecesaria que le vale un puntazo. Un aviso, un pinchazo, la estocada y el descabello le valieron a Román para saludar desde el tercio. Y a nosotros para arrancar del calendario otra tarde más, un día menos, con Taurodelta...









sábado, 10 de septiembre de 2016

Elogio y crítica de José Tomás, o todo lo contrario.







Se han reforzado los trenes que salen con dirección a Valladolid. Reconozco varios rostros que me son familiares de los domingos tristes en Las Ventas; también localizo a Rubén Amón que sube en el vagón contiguo, y a toda una panoplia de aficionados de esos que se llaman toristas, que no pueden reconocerlo en público, pero que pecan como muchos de nosotros, y van a ver a José Tomás, como si eso no fuese compatible con ver a Robleño con la de Palha el 12 de Octubre en Madrid. Tertulianos de la caspa, ex-jugadores de basket, futbolistas retirados y gomosos de nuevo cuño completan un abigarrado bodegón.

Algunos creen que vienen al encuentro del toreo puro y de la verdad insobornable, sin querer reconocer que lo que buscan en puridad es algo que sucedió hace quince años. Porque, asumámoslo antes de nada, este José Tomás es solo el Pigmalión de aquel otro. Y uno se engancha a la cola de un recuerdo, pensando ingenuamente que al evocar todo aquello se recreará de nuevo, como por hechizo, el aroma indeleble de entonces.

Los que acuden a ver a JT, el público, enseguida delatan que su interés gravita en torno a un acto social y no demasiado en la órbita de los toros. Ellos acuden a presenciar una aparición, un cometa que sólo pasa cada tanto,  y del que ellos pueden dar fe y jurar que lo vieron. Aplauden cuando no ocurre nada, no aflora el más  mínimo interés por las condiciones del toro, se asustan cuando se pica, y si el toro no aguanta cinco lapas de recibo abuchean, ni siquiera con palmas de tango - por creer  que el lote viene  impuesto-  sin imaginarse ni por un segundo que el culpable es al que vienen a elevar a los altares.

A José Tomás hay que olisquearlo. Estar en su mismo espacio y adentrarse en su mundo, incluso para meterse con él. No desde el sofá, beatificando en Tuiter o afilando la guillotina mediática. O deletreando la cátedra meliflua en 140 caracteres. O viendo las dos dimensiones, siempre viciadas, de los vídeos y periscopes,  que insinúa más de lo que enseña. Joseto no hay comparación que lo soporte. Siempre estará por debajo: o de lo que se espera de él,  o de su sombra, incluso  de su milimetrada y marquetiniana leyenda.


Así y con todo, la brecha entre lo que JT atisba  y lo que el resto ni siquiera son capaces de insinuar es tan insolentemente profundo  que haría falta un equipo de sismólogos  para darle un nombre. Hay tres hitos que en el resto apenas averiguamos. El primero se lo leí a don Ignacio Sánchez-Mejías, el de ahora, y es que ahí donde José Tomás se planta “los toros se sienten agredidos, y es cuando embisten, y se los pasa muuuy cerca”. Lo siguiente se lo leí a José Vega, el contemporáneo también, y tiene razón cuando apunta lo adelante que les echa la muleta, logrando embarcarlos y llevarlos en largo, más allá de la cadera. Y ayer mismo Olivier, a la salida de la plaza, articuló con brazos y arabescos esa manera irreproducible de pulsear al toro, ese leve, imperceptible toque de la muleta que imanta al de enfrente, que es lo más parecido a lo que los viejos del lugar decían que era "mandar". Mandar y poderle al toro, que a fin de cuentas es lo que transmite. Y nada más.

El que ha hecho quinto es como el segundo. Y  como el resto, qué leches. Puede que un punto por encima en cuanto a movilidad, el buen son que a veces le he leído a Barquerito. Pero nadie que  haya probado  antes la casta y la emoción pagaría por ver esto sin saber de antemano a lo que se expone. Animales sin apenas cara, con los remos más flojos que los de las barcas del Pisuerga, huidizos como los que defraudan al fisco, y con ese semblante bisoño que hacen parecer al perro de Scottex el mismísimo cancerbero del Infierno. Es la misma materia inane y terciada que para Manzanares, que para todos los demás, pero JT holla en otros terrenos. Nunca enmienda los talones, ni rectifica sobre la marcha. Se  asoma a un precipicio, un abismo de dos palmos que separa a Joseto del resto, casi incluso de sí mismo. Y como sentencia  el que está sentado detrás de nosotros (justo antes de arengarle con un "Jose, tu pa mí eres el Rey"): torea la misma mierda que el resto,  pero a éste le embisten. 
Y Olivier como un zarpazo nos resume todo en una frase: la esencia, con sus imperfecciones, el toreo es eso en lo que uno no se deja y otro que quiere poderle; por eso hoy después del quinto ya sólo queda el vacío.



A los mitos no se le exige. Se le idolatra o se le odia, sin más. Carga Joseto con la dudosa, impuesta responsabilidad de salvar él solo todo esto, de ser el depositario de todas nuestras esperanzas. Le retenemos en la memoria como el soldado acarrea el retrato de su novia en la guerrera, y nos dejamos embaucar por sus esporádicos advenimientos,  elucubrando  quizá  con  que su sola presencia y los aplausos que anuncian superávit de orejas cicatricen los males, y alguno se creerá que mañana La Fiesta se levantará, como Lázaro,  y todo volverá a su ser. Pero cuando lo demás no paran de salir en los medios,  él no para de esconderse cada vez más.  Cuando los demás hacen anuncios y libros, su publicidad es esconderse para salir de poco a poco. Cuando más compromiso le pedimos, más liviana es su exigencia.

Cuando más falta hace José Tomás, con toros de trapío y casta, más parece vez él necesita menos de nosotros. 


Y ahora que ya voy en el tren de vuelta,  con Rubén Amón dos butacas más allá escribiendo él  lo mismo que yo, lo que ambos hemos visto, pero tan en los extremos de lo que yo puedo llegar a discurrir, que entre ambos opuestos sólo hay antípodas y divergencia. 

Aún hay tiempo de pensar en lo que dos señores endomingados, entrados en años y alcohol, rezongan a nuestra espaldas: que si no son dos orejas, o que si no hay otro igual. Y me quedo ensimismado en lo mío, dirimiendo si  soy de los unos que piden justicia, o de los otros que piden venganza.




jueves, 4 de agosto de 2016

Ya nadie habla de toros en los bares



Café Gijón, 1963




Este texto puede hallarse en el boletín de la Asociación El Toro de Madrid, "La Voz de la Afición", que tuvieron a bien publicar este recuerdo de adolescencia y una reflexión ya no de tan joven. Desde aquí les doy las gracias.

El boletín íntegro se puede leer pinchando aquí



De aquellos días conservo intacta la imagen de Efrén Acosta devorando un cuarto de cordero asado, arrellanado en la silla del restaurante familiar, como si estuviese sobre su montura de piquero listo para saltar al ruedo, rebañando un hueso con una mano y con su inseparable bote de chiles picantes en la otra. Recuerdo de él su tez aceitunada que delataba su origen, y su cuerpo orondo y chaparro como un tonel. Se alojaba en el hostal Matute, como tantos otros, y solía acudir a almorzar acompañado de la cuadrilla de Víctor Mendes. Todos, incluso los no aficionados, le conocían; todos sabían quién era Efrén. Allí no había censuras ni recelos, nadie se cuestionaba que ese mexicano  era un bloque de honestidad. Y cuando contaba alguna de sus peripecias la parroquia del bar se agolpaba para escucharle. Se entreveraban las anécdotas y las preguntas curiosas con las cañas de cerveza y las raciones de bravas, sin juzgar si estaba bien o mal lo que ese hombre contaba. Todo era espontáneo, nada forzado.

Una tarde Efrén no paró de evocar recuerdos suntuosos de sus logros como picador. Venía de triunfar en Valencia con Zotoluco, quien le brindó el toro que él mismo había picado, y tan a gusto se encontraba en la sobremesa que rememoró esos grandes momentos suyos, de cuando iba en la cuadrilla de Armillita, de lo mucho que lo idolatró, de aquella vez en México cuando cobró cuatro varas y fue obligado a dar la vuelta al ruedo sin descabalgar del jaco… Tampoco sabíamos que las dos entradas que nos ofreció entonces eran para la tarde de los victorinos en la Feria de Otoño, la que a la postre supuso que Efrén Acosta descollase como el mejor picador de ese año (de aquella tarde Joaquín Vidal escribió que la actuación del picador mexicano “fue de las que hacen época. Los tres puyazos que tiró, tendiendo la vara en el momento del embroque, aguantando de frente la acometida según establece la tauromaquia, causaron un inusual alboroto. El público en pie correspondía con sus ovaciones a una lección de toreo puro que para muchos era desconocido. Y, sin embargo, así se pica”).

Han pasado quince años de aquello; ahora ya nadie habla de toros en los bares. Nadie sabe quién es Perera, ni qué ganadería es Garcigrande. Ni que los toros tuvieron en 2014 un impacto de más de 3.550 millones de euros en la actividad productiva del país. O que la Administración Central recibe 45 millones por el IVA de la taquilla taurina y a cambio destina a los toros cero euros, frente al cine que aporta 27,7 millones por esa partida y recibirá ayudas por 60 millones. Hablar de toros en la calle, lo que era costumbre en la vida de barrio, ahora es una utopía. Ya no hay niños jugando al toro en las plazuelas. Nadie ajeno a la fiesta tiene la inquietud de entonces, curiosidad por preguntar, conversar sobre una corrida, y puede que en parte sea porque no hay nadie en un bar hablando de toros, o porque en el trabajo solo saben quién es Manzanares por la portada del Qué me dices.  Hemos dejado de actuar por instinto, como ciudadanos libres, esos a los que ampara la ley, y nos hemos entregado a la tarea de pedir perdón por albergar una resolución sincera y sin cadenas. Y aquella vida añeja, que es la nuestra, es la misma que hemos ido enterrando poco a poco.

Se nos ha desvanecido el tiempo enfrascados en censurar a Villasuso, en escribirle un libro a Urdiales, o en protestar porque el caballo sale al ruedo por esta o por aquella puerta. Nos hemos enquistado en entrar al trapo de las redes sociales, contra todo y contra todos, cuando toda la vida de Dios, frente al charlatán que insulta, uno ha pasado siempre de largo ignorándolo, y ahora le deslizamos una alfombra roja para que se siente con nosotros en el salón de nuestra casa. Los que pasamos por taquilla nos hemos empeñado en salvar la Tauromaquia allí donde hacen falta padrino y avaricia, pero nunca los aficionados se han sentido cómodos en los despachos. Nosotros somos los del barro, los curritos que arrimamos el hombro y salimos a la calle con el mentón en alto, esos que rechazamos ese sigilo que nos paraliza cuando confesamos que nos gustan los toros, lo que antes era cotidiano y ahora parece una provocación. Nos hemos pasado tanto tiempo hablando de ellos, los taurinos y los antis, que se nos ha olvidado hablar de nosotros. Se trata más de un decoro vital, de una manera coherente y dignísima de vestirse por los pies. Bastaría con entrar en el bar de debajo de casa y pedir al camarero una caña y el periódico, y abrirlo por las páginas de toros, por enflaquecidas que estén; sería más que suficiente con despedirse de las amistades con un saludo desde el tercio. Sería saludable convidar a ese buen amigo a una corrida, encastada a ser posible, sin miedo al paralizante "qué dirán". Ser naturales, y dejar de aparentar serlo. Quizá esa desidia nuestra, esa dejación en las funciones del aficionado de a pie, como creyendo que mientras lo supiésemos nosotros ya era suficiente, ha hecho que se evaporase lánguidamente aquella inquebrantable fuerza de la costumbre. Hablar de “normalización” es reconocer que somos extraños, darles todas las ventajas a los demás. Hemos visto a tantas veces la paja en el ojo ajeno que no somos capaces de reconocer que nosotros también estamos llenos de complejos.


De aquella tarde exuberante en Valencia, de la que únicamente se salvó el toro que Zotoluco brindó a Efrén Acosta, nos dejó escrito Joaquín Vidal esta sentencia: “Y así está la fiesta, de vacía y monótona, con un futuro oscuro y problemático como el reinado de Witiza”. Quince años después el destino sigue escrito. Puede que sea hora de salir otra vez a la calle, y empezar a creernos que los raros son ellos.










viernes, 6 de mayo de 2016

¡A los toros! (según Joaquín Vidal)


Empezó la Feria de San Isidro y todo el mundo quiere ir a los toros. Quizá se exagera: hay quienes ni ahora ni nunca irán a los toros, pues se lo impide su religión. Pero, salvo ésos, Madrid entero, más los vecinos de la Comunidad y provincias adyacentes, aspiran a ir a los toros durante la feria. Y es un problema, porque en la plaza de Las Ventas no cabe tanta gente. Los que desean ir a los toros en la feria recurren a las amistades. Quieren un par de entradas para cualquier día, les da igual. Aunque no exactamente. Al decir "cualquier día" se refieren a aquellos en los que toreen Joselito, Ponce y Rivera Ordóñez, mejor si están los tres juntos en el cartel. Y las entradas, que sean buenas, cerquita del ruedo, preferentemente donde se suelen poner los famosos.
Los aficionados de siempre tienen sus reservas ante tanta expectación. Los aficionados de siempre, llega San Isidro y se hacen cruces, temerosos de lo que se les viene encima. Allí, una masa desinformada y arbitraria cuya única aspiración es ver muchas orejas, y que impondrá en el tendido su triunfalismo por la fuerza de la superioridad numérica. Este público triunfalista se pasa la tarde aplaudiendo. Empieza en cuanto suena el clarín y ya no para hasta que arrastran el último toro. Recuerda mucho al de los conciertos. Uno -que le tiene ley a la música sinfónica y ha ido lo suyo al Real y al Auditorio- no recuerda haber asistido jamás a un concierto en el que, al acabar, no se viniera abajo la sala de aplausos y de vítores. Se supone que alguna vez errará el contrabajo, entrará a destiempo el fagot, se descuadrarán los violines. Pero da igual. Concluida la pieza, estalla una ovación que funde el misterio. Y el director ha de salir a saludar cinco, seis, diez veces, y cada vez le da la mano al concertino, y se descoyunta a reverencias.
Los madrileños están de un aplaudidor subido, y en esto también se nota lo que han cambiado los tiempos. Antaño los madrileños les infundían un respeto imponente a los artistas, que habían de hilar fino; en el concierto, no desafinar; en la corrida, no meter el pico de la muleta, por lo que pudiera suceder. Una vez, en el viejo coso de la calle de Alcalá, porque los toros salieron malos, el público se fue a quemar conventos. La posguerra vino con mucha hambre, pero también con mayor moderación. En lugar de liberar frustraciones quemando conventos, el público pronunciaba discursos durante la lidia. Solían empezar mentando al gerente de la plaza: "¡Don Livinio!". Y, a partir de ahí, el repertorio de cargos. Don Livinio Stuyck está siendo muy glosado estos días, pues creó la Feria de San Isidro, hace medio siglo. El orador principal de la plaza era El Ronquillo, un taxista abonado al tendido 7 al que llamaban así no por ofender, sino porque estaba ronco. Le seguía Juanito Parra, éste en la andanada del 8, que de ronco, nada: poseía una privilegiada voz de tenor y tenía más gracia. Ambos murieron ya, y los aficionados antiguos les echan de menos. También echan de menos a don Mariano y a la Tumbacristos, que no se han muerto; lo que se les ha muerto es la afición. Don Mariano dejó de ir cuando vio cómo sacaban por la puerta grande a un torero que había matado de un bajonazo. Se echó las manos a la cabeza, dijo "éste es el fin de la fiesta, que talle otro", se marchó y no ha vuelto a pisar la plaza. La Tumbacristos, por el contrario, jamás dijo esta boca es mía. Se sentaba en la andanada del 9, prietos los muslos, el bolso encima, monolítica y adusta, y a Juanito Parra le daba miedo. Influía el mote. Juanito Parra y muchos más creían que le venía de turbulentos episodios. Nunca supieron que se lo habían puesto don Mariano y su vecino de localidad, el coronel Echalecu, porque llevaba colgada del cuello una crucecita de plata, y, como era muy tetuda, la crucecita se quedaba horizontal encima de aquella enormidad. A la Tumbacristos acabo de verla sentada a la puerta de un centro de la tercera edad de la barriada de Las Ventas. Conserva el porte monolítico, los muslos prietos, la pechuga, la crucecita y el bolso. Estuve por invitarla a los toros. Pero la miré, me miró y, por la cara que puso, un elemental sentido de la conservación me indujo a seguir mi camino, silbando "El sitio de Zaragoza".

Joaquín Vidal, artículo publicado en "El País" el 13 de Mayo de 1997