viernes, 19 de mayo de 2017

Primeras admoniciones y mención especial a los custodios de la redes sociales






Igual que Steve Jobs tenía su garaje para trastear con el I+D de lo que luego sería el emporio Apple, Juan Pedro Domecq Morenés tiene esto de Parladé como su CSI particular para monitorizar la cosa de la casta y la bravura integral.
Todos esperábamos algún vástago de “Bullicioso” el raceador, como el “Ingrato” indultado en Nîmes por José Tomás o el “Grosella” al que Iván Fandiño le cortó aquí una pelúa. Pero no. Hoy el know-how de Domecq Morenés, de consuno con la criba del reconocimiento matinal han dejado incompleta la corrida,  aunque dicho fielato no ha sido nada comparado con la selección intelectual de las redes sociales, esas redes que como almadraba en Barbate te inmovilizan si no opinas como ellos. Hoy ha quedado claro que hay que deshacerse de los del siete que protestan todo, a los chuflas de los ateneos y a los de la grada joven que piden que no les engañen, o aquellos abueletes que no quieren poner a un güen afisionao presidiendo corridas. Y todo porque es mejor opinar lo mismo todos, que no es otra cosa que aquello que encandila a unos pocos, antes que exigir que se cumpla un reglamento y lo que se ha pagado en la entrada, que son tres tercios y no sólo cincuenta pases de muleta.

Del sustrato de la tarde que conste en acta que Curro Díaz, al que se jaleó a rabiar ya al abrirse de capa con su habitual empaque y buen gusto en su primero, -¡qué hostil es la plaza de Madrid!-  de nombre  Noctámbulo, apretadito de carnes, que pasó desapercibido  en el primer y segundo tercio, el de varas.  Soso e insulso en sus maneras, marmolillo el Noctámbulo, el bueno de Díaz no pudo sacarle no siquiera la gracia de unas trincherillas, ni su garboso cambio de mano. Cuando le recetó un pinchazo hondo Noctámbulo dio por iniciada la temporada de playa echándose a la arena a esperar que acabase el día.
Luego pechó con Chispero, el remiendo de El Montecillo, con sus salpicadas y blandas arrobas más que sueltas, cuya anatomía terminaba en forma de almendra. Picado en contraquerencia, su segunda entrada ya en el caballo de Valle Quinta, el picador de tanda, fue percutido cariñosamente con la firme intención de evitar cualquier daño colateral. Lo recoge en el uno Curro, en terrenos conocidos para Chispero, más de acompañar que de exigir. Pero Curro, tras probar por ambas manos, no puede articular ni un esbozo de su tauromaquia, ya que el poco  fondo de Chispero y sus ganas de volver por donde ha venido inutilizan cualquier trasteo del jienense. No le ha regalado ni una embestida Chispero, ni siquiera para sacarnos algún uy del gaznate. Tras volver a pinchar en hueso el descabello epilogó lo que ha sido, sin ser, la segunda tarde de Curro en feria.

A Fandiño le devolvieron a corrales su primero y corrió turno para lidiar al segundo de su lote, Novelero,  colorado chorreado en verdugo que ya de inicios besó la lona.  Cantó su condición mansa en el caballo donde se defendió más que entregarse. Con la carita siempre por la nubes derrotando al aire ya en la muleta llegaba a los cites y toques del de Orduña,  pero no se iba de ahí... Hubo nobleza, que es otra manera de ocultar la sumisión, y a pesar de la porfía de un lánguido Iván, todo retumbó insustancial por la mencionada falta de materia prima.
Acobardado era el  sobrero de El Montecillo que había dejado Fandiño para hacer quinto,  un mozo que iba enseñando las palas, terciado y escurrido como el otro montecillo. Acobardado sí que hace honor a su nombre, y ya había dejado aviso de su miedo cerval punteando en dos ocasiones las telas de Iván. Cantó la gallina en varas queriendo abalanzarse  sobre el picador Juan Melgar. Y ahí ya comprendimos no ya que fuera cobarde, sino burriciego. Otro aviso a Jarocho ya en banderillas, y luego otro zarpazo, y otro, y el  desarme a Curro Díaz que estaba al quite y para remate –y aquí es donde se dio la primera admonición a nuestro presidente más mediático, don Jesús María Gómez- se ponderó el reglamento por delante del sentido común y se insistió en completar hasta cuatro las banderillas clavadas (¿o son dos pares de dos?) necesarias para cambiar el tercio, con lo que  al volver a intentarlo Víctor Manuel Martínez con los palos le cazó de nuevo Acobardado, empitonándole por los aires, dejando la doble enmienda con el presi: cómo un toro que le falla la visual ha pasado el reconocimiento, y cómo ceñirse tanto al reglamento con un toro geniudo y resabiado. La mecha de la furia ya estaba corriendo por los tendidos, por lo que Fandiño pagó también ciertas iras al ni siquiera machetear al toro, tocarle los costados, destaparle para la muerte, es decir prepararle para una lidia que ahora se abomina, espanto para la visión moderna y estética de nuestro días, y sin ni siquiera intentarlo Fandiño no puede por más que pasaportarlo. En su intento dejó tal mitin con espadas y descabellos que eso pareció Ismael intentado arponear a Moby Dick. Dicen que a la salida hubo un desplante más con los que le abucheaban, pero mejor no contarlo por si incumplimos el código ético impuesto por los censores de Twitter.

De David Mora nos queda la baraka que tiene en los sorteos, que sus lotes son para darles fiesta con poco. Hoy tuvo un primero, Lustroso de nombre que no de morfología, con cara de niño bueno, anovillado y de andar pueril, protestado de salida también... un zapato vaya.  Gustó con el saludo capotero Mora, y ya en el negociado del primer tercio Israel de Pedro amortiguó la puya en las dos idas del Lustroso. Con un vientecillo molesto y dañino principió David Mora con un comprometido pase cambiado por la espalda, haciéndonos soñar que la cosa podía funcionar en ese registro. Seguía levantisco el aire, y tras un buen derechazo improvisa inopinadamente una espaldina, que remata de pecho. Tras los primeros aplausos y oles –que no olés- de la tarde ligó otra buena tanda templando el viento y al inválido,  que sin forzarlo se cae. Va siendo menor el tono según se le "exige". La estocada aunque atravesada penetra hasta los gavilanes, lo que deja una división de opiniones al toro arrastrado (¿?) y a David Mora asomándose al tercio a recoger la amable  ovación.

Con el sexto, Helénico, se explaya también David Mora con el  capote, mas nada bueno pasó hasta banderillas que es cuando asomó Ángel Otero  a parear a este sexto, y si bien no fue igual de riesgoso y expuesto que el pasado día 13, volvió Otero a  emerger los palitroques desde lo más abajo, cuadrando en la misma cara del toro, saliendo de la suerte como quien para un taxi, que con tanto susto y salto al olivo es como un oasis en el desierto de la torería andante.  Ya con la muleta se dobla David Mora con Helénico de inicio, señalándole el camino, y ya cuando se vuelve a estirar se la pone por delante y le saca lo más decente de la tarde. Decente decimos porque aunque tira más de recursos que de pellizco le saca dos series ligadas que no convencen a todos, lo sé porque mi vecina de localidad, que no de abono, al oír a otro abonado que le recriminaba a Mora que se le iba sin torear esta ocasional aficionada ha rezongado un “baja tú, si tienes cojones”, versión actualizada del bajatú morantista, que ahora manda más una que viene de Toledo un día a los toros que el que se va a tragar sesenta festejos en su plaza… Ya con el depósito en  la reserva no se repiten  por la izquierda esos buenos augurios de inicio. David Mora lo sabe, por eso se agradece su justa brevedad al leer entre líneas, y no se da coba con el Helénico. Tras otro estoconazo he ahí que se vino la segunda admonición al presidente JMGM, ya que a pesar de la fuerte petición de oreja fue muy muy protestada por los allí presentes. Se oyeron gritos, mucho gritos, de “fuera del palco”. Se dieron palmas de tango y silbidos por igual. Se cuestionó la literalidad del reglamento, una vez más. Se puso en entredicho la afición del presidente, por primera vez.  Fue todo muy loco. Pero mejor no decir nada, no vayamos a molestar a los correctos; no vayamos a romper la magia de todo lo bueno que tiene aplaudir lo que otros quieren que sea aplaudido.



martes, 16 de mayo de 2017

El día del patrón del pueblo más grande de España





Hombre, no creo que nadie del gremio pueda sentirse vilipendiado ni sujeto a ninguna ignominia si decimos que lo de hoy ha sido una flagrante muestra, una más, de lo que son capaces los taurinos para implosionar esto de los toros, sin falta de antis ni políticos. Que aún a sabiendas del ecosistema que nos íbamos a encontrar hoy, con los isidros enseñoreándose de los tendidos, la frágil y delicada línea que separa aquello de “elimina toro lo anterior” y el “por qué lo llamamos enclasado cuando queremos decir inválido”, cuando los ríos de alcohol nublan las cabezas de tal modo que se está aplaudiendo hasta cuando el toro hoza en el albero… aún a sabiendas de todo esto uno al final sólo quiere que ya que le engañan que lo hagan con cierto gusto, que si hay tocomocho que tenga algo de gracia, que en el fondo es lo que sustenta que uno vuelva cada quince de Mayo a que le cuelguen el troquelado del monigote con una chincheta en la espalda. Hoy los de Montalvo nada han tenido que ver a los de aquel Agosto que puso a funcionar  a David Mora, ni por supuesto se puede escrutar en ellos ni el más mínimo atisbo de semejanza con esos toros colmenareños de Martínez que fundaron un fin de raza del que ya apenas algo queda. Acaso el cuarto, el de la pinta salpicada y con jirones blancos, acaso ese sea el goterón que nos lleva al linaje de Diano.

Para el día del patrón de las fiestas del pueblo más grande de España se vinieron a matarlos tres toreros que un día les abrimos las puertas de nuestros corazones, y ya no somos capaces de echarlos de ahí ni con lejía.

Curro Díaz se citó con su primero, de nombre Liricoso, hecho hacia arriba que ya flojeó de salida, y con el que se gusta Curro al abrirse de capa. Gallea vistosamente al paso para colocarlo en el caballo, donde le recetan dos pinchazos como para una analítica. Ya venían siendo acaloradas protestas de salida por el déficit de pujanza de Liricoso, y eso se proyecta también en banderillas, donde en el segundo para hace hilo a Manuel Muñoz cazándolo en el muslo de tal manera que no puede continuar la lidia –cornada grave en el muslo de la que sólo esperamos pueda recuperarse pronto-. Ya con la muleta se asoma el Curro más prosaico, el que se planta desmayado con el mentón hincado en lo alto del pecho, el que compone pero no dispone. Y los servicios mínimos de la motricidad de Liricoso y una insana costumbre de caerse en cuanto se le medio exigió hacen que las gentes demanden la salida ya del segundo de la tarde. Luego está la parte de Curro que no nos gusta, la de entrar a matar colocando la muleta como si fuese un plasma, tapando la cara del toro más que usando el engaño para que descubra las agujas, y puede que por eso mismos soltase el sartenazo que soltó.  Entra otra vez y con el bajonazo Liricoso lo prende suspendiéndole en el aire sin aparente consecuencia viendo que en el cuarto salió Curro de nuevo a lidiar.
El cuarto es el que nos hacía tilín, por hacernos la vaga ilusión de pensar que algo de Martínez veríamos en él. Escandaloso de nombre, salpicado en los bajos, el  más abrochado de la corrida, y el más hondo también,  nada más salir holló el  hocico allí donde más le apeteció.  Empujó mucho y bien en varas, por lo que el picador Curro Sánchez se llevó también una buena ovación. Se vislumbró ya entonces que el derecho era el pitón por el que apretaba y que era menor no despertar la bestia por ahí. Entonces Curro, que tiene más horas de vuelo que un Boeing 747, nos pone el caramelito el boca para que de entrada nos rebullamos en la piedra. Dos trincheras que olían a un toreo ya difunto, un  cambio de mano  y tres naturales enardecen a todo aquel que no espera a que Curro se ponga de verdad con Escandaloso. Pero eso nunca ocurrió, Díaz jamás pisó ese terreno donde los toros se sienten atacados, y este de Montalvo tuvo más carrete que el resto, fue mucho más de largo, pronto y con alegre son. Pero Curro, sabedor de que la gente ya está entregada con él, pajarea por aquí y por allá, al socaire de los terrenos donde le dirige el pavo de Montalvo, porque aunque Escandaloso tiene un cortijo en el pitón izquierdo Curro ya no necesita de demostrar nada más en Madrid. El callo de Curro adoba la faena, son esas imperceptibles licencias que algunos en Madrid se pueden permitir. El golletazo a espadas desengaña por completo al que aún quedaba por desengañar, y mientras el toro es aplaudido en el arrastre se oyen los pitos que censuran a  Curro.

Paco Ureña es otro que nos camela, que nos ilusiona su versión más honesta, la del medio pecho y la pata palante, y esa es la que mayormente venía a mostrarnos a Madrid. El beneficio de la duda se lo damos a él, ya que su lote ha pasado más desapercibido que su labor. Con Rondador, sueltas sus carnes morenas, la lidia es de cuidados intensivos, de ahí que tras un primero picotazo en varas y  una segunda de trámite también, y tras un volatín a la salida del caballo no tenga el toro ningún pudor en volverse por el camino de la querencia. Hubo una tercera puya para ver lo eficaz que monta y ahorma Pedro Iturralde, que sabe lo que hace, que también arañó algunos aplausos de los que no iban bebidos y aún se enteraban de lo interesante que estaba pasando. Se lo llevó Ureña a los medios, sin probaturas se lanza ya de izquierdas, al natural, y en cuanto se perfila Paco con el medio pecho, Rondador se echa, también con el medio pecho. Cuando volvió a la verticalidad de las cuatro patas no paró de cabecear descompuesto, y tras dos series de justificación y la guardia en la suerte suprema y todo se disipa sin que allí hubiese eco alguno.
El quinto, Salinero, empotró de salida a Ureña contra las tablas. A estas horas hablan de posible rotura de ligamentos. Entonces no lo sabíamos, pero ya acechaba cierta incoherencia en sus desplazamientos. Mermado, arrastrando la sombra de su estampa principia Ureña pegado a tablas por estatuarios, pero lo claudicante de Salinero le imposibilita ir más allá del primer cite. El encimismo final como excusándose, mas el postrero pinchazo y la espada haciendo guardia, otra vez, sólo nos deja el anhelo de que Ureña se recupere.  Y su toreo también.

A López Simón la mayor engañifa que le hemos podido tramar ha sido abrirle cuatro veces la Puerta Grande de Madrid. De aquellos polvos de triunfalismo vienen ahora estos lodos de abulia y ausencia de resolución delante de la cara de los toros. Con Carcelero, castaño cinqueño, hasta que no llegó a la jurisdicción de Tito Sandoval en varas –dónde quedaron esas tardes de Tito cuando iba con Javier Castaño y sí tenía que trabajar- que aun siendo traseras ambas dejan la marca de buen jinete de Plácido. Arruga y Domingo Siro saludaron tras sus pintureros pares de banderillas. Pero luego ya no hubo noticias de nada reseñable. A Alberto se le cae Carcelero dos veces: al doblarse con él y ya erguido cuando le baja la mano. No se acopló nunca con él López Simón, es más: fomentó el escupirle hacia fuera en cada pase. Lo resumió una voz ronca y de persona mayor, una que gritó “es pa dentro, no pa fuera!!”. Los argumentos que articuló con el sexto, Rivero,  el más lavadito de cara,  inválido de solemnidad y que nos comimos con patatas como los cinco anteriores, decíamos que con esos argumentos López Simón sólo consiguió que los habituales de la plaza nos enfadásemos con sus añagazas y triquiñuelas al intentantar engañarnos, y que los que vinieron desde Barajas a aplaudirle a su vez se cabreasen más con todos esos habituales que le censuraban sus tretas.


Lo mejor de todo es que mañana volveremos a la plaza. Con un par.




domingo, 14 de mayo de 2017

Lo bello de Otero







El teorema de Chappaquiddick de White lo desarrolla con precisión suiza: cuanto antes se anuncien las malas noticias y cuantos más detalles se den, mejor. Cuando el toro que hizo quinto, Huracán, llegó al final de los quince minutos de los que disponía David Mora para certificar su defunción, justo después de la impotencia afligida de Mora por despenar primero y descabellar después al toro,   justo entonces que es cuando nuestro presidente más carismático, don Jesús María Gómez, ya había blandido el pañuelo blanco por tercera vez confirmando la devolución de Huracán a los corrales, y justo también después de que los mansos de Florito ya brujuleaban por el albero de Las Ventas, fue ahí y entonces cuando con la duda razonable no saber si lo que allí ocurría pudiera ser antirreglamentario y punible, el puntillero titular de la plaza, d. Ángel Zaragoza, entre el “in crescendo” de la sinfonía de palmas de tango y silbidos atronó a Huracán desde el burladero. Intentar explicar la censura a uno y a otro, el nulo conocimiento de las gentes de cómo funciona esto, de lo tácito del rito y de lo expreso del reglamento, podría dar para una entrada en Wikipedia y dos grupos nuevos de whatsapp. Hoy no es el día.
Con David Mora llegó algo más que el escándalo, ya que con él vino también lo que hasta ahora es el highlight de los albores de esta feria. Fue al asomar en banderillas Ángel Otero en el segundo de la tarde, quien tras su primer par a un manso de libro encaró al bicho en su segundo par ofreció los veinte segundos, quizás menos, más hermosos de la tarde, eso que los mexicanos llaman “parsito”, cuando dejándole venirse hacia los medios, dándole todas las facilidades y ventajas al morito, haciéndole creerse poderoso en esos terrenos, ha iniciado Otero su sprint en curva, lo que nos enseñaron que es un par al cuarteo de toda la vida, y cuadrando en la misma cara del toro nos dejado Ángel el único momento en el que nos levantamos de la piedra al tiempo que entornábamos las cejas. Grande Otero.

Todo empezó como últimamente, al menos en Madrid, que veníamos muchos con la incógnita de si El Pilar echaría en nuestra plaza algo parecido a lo que salió en Sevilla, el “Sombrerero” manirroto o el “Guajiro” de Ferrera, incluso el gran “Bellito” de López Simón. Pero los registros en los que se movieron los toros fueron, como se dice ahora para todo lo que no cumple expectativas, de “perfil bajo”.

Había un dato ayer compartido sobre Diego Urdiales: desde 2009 ha cortado una oreja de los 53 toros que ha lidiado. Pero Diego antes molaba, mucho antes de estos dos últimos años en el que le construyeron su particular La Iliada, cuando lo pusieron todo perdido de lamparones en su toreo sucinto y añejo, de pases sueltos y donosos, cuando a Madrid veníamos a verle los que sabíamos de él y no de su hagiografía, cuando sus muñecas no eran ancestrales, ni cuando vieron en él al Ordoñez de Arnedo ni el Curro Romero de la España vacía. Parece que todo vuelve a su ser, y aunque en puridad Diego sigue siendo el torero que recordábamos de corte clásico, de trincherillas de cartel y de pureza en movimiento. Hoy a su primero, Sospetillo, tras el tercio de varas se lo ha llevado a los medios y la he enjaretado, con su poso y saber hacer, la gavilla de verónicas de la tarde, ganándole terreno a Sospetillo, a compás abierto y mano corrida. Eso fue lo mejor de este colorado, de buena cuna, el de menos romana, porque ya de salida perdió manos  y tras la primera vara también. En banderillas, tras varias pasadas en falso, Urdiales brinda al público, que como todo lo que hace Diego en esta plaza fue recibido con el afecto que aquí se le profesa. Se dobla con él por abajo se dobla, intentando remendar lo que la lidia anterior ha descabalado, y tras tantearlo le pega una segunda tanda a derechas que sí nos gusta, ligando la serie contradiciendo así su toreo de unipase, poniéndonos otra vez la miel en los labios. Pero es ahí cuando Sospetillo sacó bandera blanca, se rinde feble y sin fuerzas, y ya Urdiales nada pudo hacer.
En su segundo, Carapuerco I, uno de los cinqueños de la corrida, que de salida atisbó cierta viveza, se cayó también en un par de ocasiones durante la brega, pasando inédito por todos los estratos de la lidia, sin poder ofrecer otra cosa que un alto grado de inanición que nos privó de ver a Urdiales de nuevo, y a él mismo de volver reencontrarse.

De David Mora lo magro ya se ha dicho. El quinto, Huracán, pasó por el tercio de varas al relance en la primera y perdiendo los remos en la segunda. Y aunque llegó en la muleta gazapeando de inicio, regaló a Mora más de una embestida noble y fija, mas David se dedicó a tirar líneas  a Huracán, sin pisar ese terreno donde embiste el torero cuando no lo hace el torero, por lo que sólo quedó un torero articulando unos argumentos que en nada conmueven.
Con  Carapuerco II, su primero de la tarde, el  más cortito de cabos de todos, huía hasta de su sombra, barbeando de salida, logrando casi saltar el burladero del diez, y otra vez por la Puerta Grande. Quedó para las retinas únicamente el espectáculo paralizante de Ángel Otero con los palitroques.


Y luego está José Garrido. Del de Badajoz lo que más nos gusta es su capote –qué bien estuvo en Sevilla con la de Torrestrella- y su jefe de prensa –qué buen trabajo hace Carmelo-. Puede ser  Garrido, de todos los jóvenes del pelotón perseguidor de las figuras, al que más zancadillas le han puesto, el más baqueteado de los rookies, y puede que por ese le espere más que al resto. No fue el suyo un lote para darle fiesta, por eso la impaciencia aflora entre los tendidos cuando tarde tras se gastan las balas y la canana de Garrido se va quedando vacía.  Con, Jacobero, de gran y aparatosa arboladura, mostró credenciales capoteras Garrido, tragando y doblándose con él, y otra vez vuelve a tragar. Garrido, que había entrado a los quites en los toros de Mora (incluso en el manso de libro, gesto recriminado entre los aficionados- se encontró ya en la muleta con un toro que rebrincaba, sin fuerzas además, cenceño como el resto de sus hermanos y con serias dificultades para desarrollar cierta psicomotricidad. Testeó todas las posibilidades Garrido, pero el colorado se echó al piso como el que se echa en el diván de un psicólogo argentino, y ahí ya no hubo nada más que rascar.
En el sexto la gente seguía con la movida del quinto, y nadie puso atención a lo que José intentó con Mira-bajo. Remolón y suelto, se lo llevó por delantales a los medios, y tras un picotazo en el que peto del picador que hacía puerta este Mira-bajo aterrizó tardo y remiso en la muleta de Garrido, que
se lo sacó a los medios, cuando el toro parecía que no era de llevarlo por ahí, y como el pabilo de un cirio se fue apagando el negro listón hasta quedarse sin nada. El postrero arrimón de Garrido- esa desagradable  tesitura en la que uno fuerza la justificación-  fue para olvidar, y ya sólo nos quedó para la tertulia de las cervezas de después un par de banderillas y esa eterna sensación de que con días como el de hoy esto de los toros se acaba. Y sólo llevamos tres tardes…



viernes, 12 de mayo de 2017

El quinto de La Quinta







La Dirección General de Tráfico en sus campañas de sensibilización siempre asegura que lo importante es volver, pero la realidad, fría y áspera como la tarde de hoy, es que el inicio isidril ha sido como esos augurios que no quieren los gitanos para sus hijos. La tarde fue desapacible, con un tormentón de preludio que amagó con suspender la primera de feria, dejando el chaparrón un albero mullido, casi blandengue, que junto al incesante viento condicionó tanto las lidias como los terrenos.

Sentencia con meridiana claridad nuestro buen amigo Antonio Gil que “o invierten los ganaderos en la valla de separación entre lo de Saltillo y La Quinta o no los conocen ni su padre”. Venía cinqueña la corrida de La Quinta, dispar en sus capas y hechuras que es como se lleva decir ahora, y sobre todo con dudas genealógicas ya desde por la mañana en relación a lo poco que se parecía esto de Buendía a lo de Buendía.

Alberto Aguilar pechó con un primero, Orejita, que salió desentendido del caballo y de banderillas (gran par le endilgó César del Puerto, todo hay que contarlo). Exprimió Alberto las dos  buenas tandas que por la zocata tenía Orejita, primoroso pitón izquierdo que duró eso, dos series de Aguilar, y que luego ya a menos. Se abría en los viajes, pero Alberto no se los cerraba, por lo que quedó la labor en sordina tras una estocada atravesada y varios descabellos.

El segundo, Presidiario, que salía suelto también de las suertes, era un prenda.  No había allí Cristo que lo sujetase, sólo con decir que fue “picado” en la contraquerencia allá por los terrenos del cuatro... Tanteó y porfió David Galván con la muleta, mas Presidiario se las sabía todas, se orientaba enseguida, cosas de marrajo, y David que no logra confiarse con él es cazado por el de La Quinta. Sabemos ahora que David Galván sufre un puntazo en el tercio inferior de la cara externa del muslo izquierdo y traumatismo en codo izquierdo, con probable fractura. Que sólo sea eso, porque en la plaza la imagen de David desvanecido recordó a la de Pablo Aguado al inicio de la temporada.  Lo despena Alberto Aguilar como buenamente puede.

El tercero, Matajaca, hace que el picador de Javier Jiménez, Agustín Romero, sea aplaudido por dos buenas varas que agarró. Luego ya el viento no dejó acoplarse a Jiménez en ningún momento. Parecía menos  malo de lo que quiso enseñar Javier, ya que cuando se la puso por delante, la muleta, aunque lastimero Matajaca sí cogía los engaños. Quedándose cortito cada vez más tiró de él Jiménez sin coger lustre la cosa.

Sin eco quedó también la faena de Alberto Aguilar al cuarto, Gaditano, remangadito de pitones que se escupió de la primera vara y que ni acudió a la segunda, frenándose en la pañosa de Alberto, que mostró su versión más desangelada, casi taciturna, versión que apenas nos camela, y a buen seguro que a Alberto tampoco.

El bingo lo cantó Javier Jiménez con el quinto que en puridad era el sexto, Temeroso, 484 kilos de aviesas intenciones, mirón desde que se emplazó en los medios, y que poco a poco fue expropiando los terrenos donde se manejaban los subalternos, haciendo de la lidia un genuino descalzaperros: capotes volando por los aires, banderilleros tomando el olivo, Temeroso haciendo hilo en banderillas… un atisbo de Cazarrata quedó flotando en el ambiente. Jiménez se fue ya de primeras a probarle el pitón izquierdo, y joder qué pitón. Pronto acudía a los toques, descolgó el que más en las telas, y Javier que le corría la mano. Así nos pudimos llevar para la boca tres naturales y el de pecho que saben a gloria. Hubo aún otra tanda ligada y limpia que caló en los tendidos casi casi como la lluvia primigenia. Cuando _Jiménez se la echa a la derecha y al ver que allí no brota nada se la vuelve a mudar a la zurda Temeroso ahí ya se había enterado demasiado, volviéndose duro y rudo por esa mano. El de Espartinas, antes de que se esfume el aroma que ha dejado en los tendidos, se va a por la espada de verdad y se tira con todo, clavándola hasta la gamuza. Pero entre el soltar el engaño, la estocada que ha sido algo tendida, el burreo de peones, un capote que se queda colgado en el pitón izquierdo, la puntilla que levanta de nuevo a Temeroso cuando ya se había echado…unido al aviso que sonó como un gong desinflaron la petición de oreja. Aplaudido al arrastre Temeroso; aplausos también para que saludase Javier Jiménez.

Al salir Coquetón, el último de la tarde, la gente está más fuera que dentro. Veleto, el que más, ancho de sienes, ahí Javier Jiménez ya sólo fue capaz de mostrar todo el inventario de recursos que ni paran ni templan ni mandan, y ni entretienen. El mitin final intentando descabellar  al toro sólo sirvió para darnos cuenta que después de hoy nos quedamos sin ganaderías que no eliminan lo anterior hasta dentro de tres semanas…

Se echó de menos la presencia de Rafa González, y esa manera tan suya de tornar fácil todo aquello que condiciona y asiste en la lidia. Hoy a Alberto Aguilar le hubiese venido muy muy bien que Rafa le echase algún capote que otro.




jueves, 11 de mayo de 2017

¡A los toros! (según Joaquín Vidal)


Empezó la Feria de San Isidro y todo el mundo quiere ir a los toros. Quizá se exagera: hay quienes ni ahora ni nunca irán a los toros, pues se lo impide su religión. Pero, salvo ésos, Madrid entero, más los vecinos de la Comunidad y provincias adyacentes, aspiran a ir a los toros durante la feria. Y es un problema, porque en la plaza de Las Ventas no cabe tanta gente. Los que desean ir a los toros en la feria recurren a las amistades. Quieren un par de entradas para cualquier día, les da igual. Aunque no exactamente. Al decir "cualquier día" se refieren a aquellos en los que toreen Joselito, Ponce y Rivera Ordóñez, mejor si están los tres juntos en el cartel. Y las entradas, que sean buenas, cerquita del ruedo, preferentemente donde se suelen poner los famosos.
Los aficionados de siempre tienen sus reservas ante tanta expectación. Los aficionados de siempre, llega San Isidro y se hacen cruces, temerosos de lo que se les viene encima. Allí, una masa desinformada y arbitraria cuya única aspiración es ver muchas orejas, y que impondrá en el tendido su triunfalismo por la fuerza de la superioridad numérica. Este público triunfalista se pasa la tarde aplaudiendo. Empieza en cuanto suena el clarín y ya no para hasta que arrastran el último toro. Recuerda mucho al de los conciertos. Uno -que le tiene ley a la música sinfónica y ha ido lo suyo al Real y al Auditorio- no recuerda haber asistido jamás a un concierto en el que, al acabar, no se viniera abajo la sala de aplausos y de vítores. Se supone que alguna vez errará el contrabajo, entrará a destiempo el fagot, se descuadrarán los violines. Pero da igual. Concluida la pieza, estalla una ovación que funde el misterio. Y el director ha de salir a saludar cinco, seis, diez veces, y cada vez le da la mano al concertino, y se descoyunta a reverencias.
Los madrileños están de un aplaudidor subido, y en esto también se nota lo que han cambiado los tiempos. Antaño los madrileños les infundían un respeto imponente a los artistas, que habían de hilar fino; en el concierto, no desafinar; en la corrida, no meter el pico de la muleta, por lo que pudiera suceder. Una vez, en el viejo coso de la calle de Alcalá, porque los toros salieron malos, el público se fue a quemar conventos. La posguerra vino con mucha hambre, pero también con mayor moderación. En lugar de liberar frustraciones quemando conventos, el público pronunciaba discursos durante la lidia. Solían empezar mentando al gerente de la plaza: "¡Don Livinio!". Y, a partir de ahí, el repertorio de cargos. Don Livinio Stuyck está siendo muy glosado estos días, pues creó la Feria de San Isidro, hace medio siglo. El orador principal de la plaza era El Ronquillo, un taxista abonado al tendido 7 al que llamaban así no por ofender, sino porque estaba ronco. Le seguía Juanito Parra, éste en la andanada del 8, que de ronco, nada: poseía una privilegiada voz de tenor y tenía más gracia. Ambos murieron ya, y los aficionados antiguos les echan de menos. También echan de menos a don Mariano y a la Tumbacristos, que no se han muerto; lo que se les ha muerto es la afición. Don Mariano dejó de ir cuando vio cómo sacaban por la puerta grande a un torero que había matado de un bajonazo. Se echó las manos a la cabeza, dijo "éste es el fin de la fiesta, que talle otro", se marchó y no ha vuelto a pisar la plaza. La Tumbacristos, por el contrario, jamás dijo esta boca es mía. Se sentaba en la andanada del 9, prietos los muslos, el bolso encima, monolítica y adusta, y a Juanito Parra le daba miedo. Influía el mote. Juanito Parra y muchos más creían que le venía de turbulentos episodios. Nunca supieron que se lo habían puesto don Mariano y su vecino de localidad, el coronel Echalecu, porque llevaba colgada del cuello una crucecita de plata, y, como era muy tetuda, la crucecita se quedaba horizontal encima de aquella enormidad. A la Tumbacristos acabo de verla sentada a la puerta de un centro de la tercera edad de la barriada de Las Ventas. Conserva el porte monolítico, los muslos prietos, la pechuga, la crucecita y el bolso. Estuve por invitarla a los toros. Pero la miré, me miró y, por la cara que puso, un elemental sentido de la conservación me indujo a seguir mi camino, silbando "El sitio de Zaragoza".

Joaquín Vidal, artículo publicado en "El País" el 13 de Mayo de 1997

martes, 2 de mayo de 2017

Lunes de Dolores


Foto de Ana Escribano (más en su blog pinchando aquí)



A vueltas con las novilladas de Madrid, a pesar de la moción de censura de las redes sociales (¡¡la cátedra desde el sofá!!) la nueva empresa poco a poco va materializando lo que dejó dicho al adjudicarles la plaza: el novillo para quien lo trabaja. Y ni lo de Sánchez Herrero ayer se zampó a nadie -las fotos en los corrales de momento sirven para pasar el tiempo y brujulear hasta que empiece el festejo, pero poco vislumbran lo que llevan dentro los utreros- ni lo de Dolores Aguirre, La Lola, han ilustrado lo que es el novillo de la Plaza donde se viene a leer la tesis, que para la repesca ya hay otras convocatorias.
Digamos que en cuestión de comportamiento los novillos de Dolores Aguirre se han movido en los registros que caracterizan la procedencia del encaste Atanasio-Conde de la Corte: “se comporta con frialdad cuando sale, yendo a más a partir del tercio de varas. Son toros que obedecen muy bien a los toques y embisten con nobleza y suavidad”. No se puede decir lo mismo de la conformación zootécnica, que asevera que  “ya en la plaza el toro de atanasio, pese a no tener mucho morrillo, tiene mucha plaza por su gran esqueleto y ofensivas defensas”.  Hoy no se dio el caso y los novillos, algunos de tres años recién cumplidos, que vinieron de Constantina fueron una escalera de hechuras y capas, sin llegar a transcender en los tendidos ese pavor que en su día sí que plasmaron clásicos de la casa como “Argelón” o “Carafeo II”. Todos embistieron con el borlón en lo alto, rabo enhiesto que también es copyright del encaste.
Nuestra atención durante la tarde y en las cervezas después se la llevó Fernando Flores, nuevo en esta plaza,  que con el tercero de la tarde, “Tosquetito”, siendo éste el de menos plaza de todos (muy muy protestado de salida) exprimió Fernando  su cantada nobleza en dos tandas de muleta planchada y  corriendo la mano, sin perder el primer paso que tanto rechazamos.  Aunque se rajó en la tercera tanda ya con la zocata, desparramando la vista y el esqueleto, ahí la cosa empieza a perder fuelle la cosa, y Fernando Flores que quiere empaparlo más en las telas al final se pasa de faena. Ya luego con los pinchazos, una estocada haciendo guardia y el descabello todo se enfrió, pero ahí queda la carta de recomendación del meritorio. Tosquetito aplaudido en el arrastre y saludos de Flores.
En el sexto, de nombre “Malagueño”, Flores no pudo decir mucho ante el manso  que se orientaba siempre a sus terrenos, siendo  picado en la querencia. Incierto y soltando algún tornillazo en la muleta le caza a Fernando haciéndole saltar por los aires. Con el puntazo de sangre asomando a la altura de la canilla traga mucho Flores, pero Malagueño se cae una, dos veces, casi tres y entre lo inane de sus fuerzas y el metisaca de Fernando aquello se quedó en un borrón sin cuenta nueva.

Javier Marín, que recogió los otros aplausos de la tarde –y no todos del autobús que vino a verle- pechó con dos Guindosos. Con el II después de una sesión de acupuntura en varas el novillo llegó a la muleta enterándose, aun así fue alegre en una primera tanda de buen son, pero  empezó a cortar los viajes y ya no pasaba por la muleta de Javier. Donoso y corajudo el novillero se ponía y componía una y otra vez, pero sin ser un barrabás ahí dejó Guindoso II la patente de la mansedumbre encastada de doña Lola.  Aplaudido también en el arrastre, al bueno de Javier Marín se le pitó al salir a saludar.
Guindoso I  también tuvo esa salida gélida de inicio, corretón y desentendido. Puede que la primera vara que le recetó ese gran pica que es Sangüesa, casi en la paletilla, condicionase el comportamiento  posterior de Guindoso I. Aquí se produjo la jugada polémica de la tarde, ya que en la segunda entrada al caballo se partió la vara de Sangüesa al acariciar el lomo del novillo, y nuestro presidente más carismático, don Jesús María Gómez –impecable el resto de la tarde- consideró que no hacía falta un puyazo más, es decir el segundo; es decir, se fue sin picar reglamentariamente. Mermado en sus facultades aun así llegó al último tercio codicioso y queriendo, pero perdiendo las manos. Alarga faena sin sentido Javier, dejando una estocada tendida y un avance de lo que puede atisbar Javier en próximas venidas.
Dejamos para el final al primero, Miguel Maestro, al que no le pesan los años, sino que le pesa más lo poco que torea. Miguel ya ha cogido en todos estos trienios los vicios de los mayores, permeando en él todas la ventajas que se adquieren con el tiempo, diluyendo toda frescura y novedad en su toreo y, por qué no decirlo, la posibilidad de desplegar una tauromaquia propia y genuina. Su lote fueron los Clavetuerto. Con el II, que también fue isotérmico de salida, movió sus escurridas carnes siempre cerca de chiqueros, con lo que incluso un puyazo, el tercero, fue en la jurisdicción del  picador de reserva, Paco Plazas. Se vino arriba en banderillas donde hizo hilo a todo lo que se movía. Era Clavetuerto II un novillo con postre en la muleta, acudiendo presto a los toques que le reclamaban. Emanó  de nuevo la mansedumbre encastada marca de la casa, y ahí ya no hubo caso. Despenó Maestro al animal recibiendo, pero le salió un sartenazo, arañando únicamente algunos aplausos… para Clavetuerto II en el arrastre.
Con el cuarto, Clavetuerto I, melocotón que nunca llegó a madurar, y tras unas leves protestas de salida, nunca se encaja con él Miguel, con un novillo que cabecea a la mínima y carece de fijeza alguna. Huidizo y poco colaborativo, ahí finalizó el eco que la obra de Miguel Maestro pudiera o pudiese haber dejado entre los allí presentes.


Haciendo un paralelismo este primero de Mayo digamos que en el primer tercio, el de varas y varilargueros, hoy algunos han estado en huelga cumpliéndose servicios mínimos en ese menester, y el resto se ha tomado el día de asuntos propios, más comúnmente conocidos como “moscoso”.



lunes, 17 de abril de 2017

Vivir para contarlo, o contarlo para vivirlo




Foto de Ana Escribano (más en su blog pinchando aquí)


Aunque su cabeza se marchó mucho antes hoy hace tres años que nos dejó Gabriel García Márquez, pero antes tuvo tiempo de tallar con letras de yunque frases que martillean en la conciencia de uno cada vez que va a los toros. Verbigracia: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”. Ayer la vida que uno quiere recordar estaba en Sevilla, con entradas de sol y sombra a oncemil pesetas (de baratillo en Sevilla por Resurrección sólo queda el nombre del coso antiguo) y otro quite de Morante que, sumado a cada media que nos dispensa cada tarde suman ya una buena gavilla de verónicas en un año, quizá más), con lo que ese camino del “ya voy” condujo de nuevo a la casa del “nunca”.  Queda contar que uno estuvo allí, aunque no sucediese nada.
Y mientras en Sevilla se maquilla el recuerdo en Madrid celebramos  la nostalgia, que es lo que uno añora sin que llegue a suceder, y aunque  hace tiempo que divergen las dos fiestas –la de los toros es una, la del contar lo de Sevilla es la otra- aún queda  un finísimo alambre de funambulista al que uno puede agarrarse si lo que quiere es ver quién puede más, y no quién se rinde antes.  En Madrid todavía se puede opinar sin que te lleves el zasca de algún ocasional que con una mano te perdona la vida y con la otra sujeta el vaso,  y ayer en Las Ventas se pudo protestar los toros de Montealto – mastodónticos por fuera, vacíos por dentro que se movieron en los registros de la mansedumbre entre abanta y huidiza- y aplaudirle a Curro Díaz ese andarle a los toros, que es lo que selló ante “Campanita”, el jabonero que hizo quinto:  el prurito añejo de doblarse de inicio con el toro –el que a la postre más se movió y mejor obedecía- franqueándole la salida hacia el tercio, y esa intermitencia suya, tan telegráfica, ahora sí, ahora no, y esa duda eterna de qué sería de Curro si su cuerpo cruzase el Rubicón de su toreo.

De José Garrido nos quedamos con su gran capote -de bueno y de enorme-  y lo que hizo o dejó de hacer con “Bordador”, el castaño listón que lidió en su segundo acto,  que fue como una de esas chinitas que se te cuelan en el zapato y no te dejan ni andar ni estarte parado.  Es Garrido el paradigma del torero que viene arreando, que acumula méritos en plazas como Bilbao, pero cuando tiene que cantar en las oposiciones de Madrid se queda en blanco, o le ha tocado otro tema.  A Garrido se le espera porque maneras tiene,  en su mano está, como dejó dicho Gabo, borrar los malos recuerdos y magnificar los buenos.