domingo, 3 de diciembre de 2017

Morante


     



En una entrevista concedida al programa Tendido Cero justo antes de uno de sus múltiples regresos a los ruedos Federico Arnás,  con voz entre cómplice y vacilante, le pregunta a José Antonio Morante, con foulard de topos, zapatos de bolera y bombín de profesor Tornasol, si es verdad que su caché se ha disparado. Responde José Antonio, con ese aire presocrático que envuelve todo lo que exuda, y asevera sosegado y ceñudo que ha decidido “apostar por la calidad, y esa calidad revalorizarla” (el vídeo pinchando aquí).


De eso han pasado diez años, y entre ausencias y advenimientos hemos pasado una década viendo cómo el de la Puebla a veces se iba, otras no estaba, y las menos se hacía notar por arrebatos su tauromaquia. Y en este interregno Morante a veces se retiraba, pero los que nunca se han ido son los morantistas. Ávidos de que algún advenedizo osase cuestionar a Morante, el torero, sin reparar que se puede ser morantista sin caer en el ridículo de ser a la vez de Morante, el personaje. Como cuando a Messi o Ronaldo se les acompaña hasta el juzgado y en las mismas puertas se les vitorea cuando van a declarar por sus desfalcos a la Hacienda Pública; alguien debe avisarles que a Morante no siempre hay que perdonarle todo.



Cuando a uno le gusta el toro como el epicentro y el cogollo de toda esta quimera, y entonces te encuentras con que Morante se pierde él mismo el respeto ninguneando el mármol de su propia obra, cuando se entreveran su displicencia caprichosa y su tirón mediático para “no querer ver el toro” o no encontrarse inspirado, es ahí cuando asoma la maldita hemeroteca mental de uno, y tirando del hilo se confirma que Morante lleva su penitencia -la de la impostura de su arte- en lo más hondo de su pecado, porque cuando quiere no es que sepa, es que se pone a torear. 



A muchos no nos interesa cuando se disfraza de lince en Huelva,






Ni cuando le tira unos anteojos al presidente en Alicante,







               




O cuando allí mismo saca su  manguera a pasear,







O cuando en Beneficencia en Madrid tras desechar dos tráilers de toros de Valdefresno a su apoderado le faltó tiempo para plagiar a Paulo Coelho,






El rechazo al duende y el pellizco, a la perífrasis literaria y tribunera que le redime y le perdona, a los moranteliebers que te aplican el artículo 155 por menos que les expongas argumentos, y en definitiva a todo lo accesorio que unge y eleva a JA para tapar su desidia, todo eso se vuelve una mota en la solapa cuando has visto a Morante salir de la enfermería tras haber despachado seis toros sin que allí se enterase nadie, y poner un par de banderillas para los adentros como éste:







o crujir a un victorino de salida en Sevilla sin darse un pijo de importancia:






o encabronarse en Dax no hace mucho porque otro de victorino le puso a cavilar, y los gabachos sí que te chiflan si te quieres ir de rositas, te pongas como te pongas:






incluso me vale aquella tarde de Bilbao, que salió con la espada de verdad a finiquitar a Cacareo, y al final se inventó algo parecido a tocar el cielo con las yemas:







Lo iconoclasta, ir a contracorriente, ese rechazo a ser como los iguales, hace todavía vigente lo que una vez dejó escrito Borges:"cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente, y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo".

Ojalá. ¿Por qué no? Pero del torero, no del personaje.





viernes, 29 de septiembre de 2017

Cuando la palabra ya no es la ley







Este texto puede hallarse en el boletín de la Asociación El Toro de Madrid, "La Voz de la Afición"que se entregará hoy antes de la corrida en la plaza de Las Ventas. Desde aquí doy las gracias a mis compañeros de Asociación que han tenido a bien publicar este texto.





No hace falta rebuscar demasiado para acordarse de aquel tiempo en el que, en esto de los toros, un apretón de manos tenía más valor que un contrato firmado; un tiempo no muy lejano en el que, como dice la ranchera, la palabra dada era la ley. Y seguro que habrá quien nos tilde de cascarrabias agoreros, de ser los del vaso medio vacío, de poner pegas a todo y no conformarnos con nada. O quizá, por eso mismo, albergamos justo lo contrario: un espíritu tenaz pero, por qué no decirlo, constructivo si se quiere; un talante crítico de poner el dedo en la llaga, de evitar que ya que somos unos cornudos no seamos también apaleados. Pero a falta de buenas razones el refrán apuntilla que obras son amores, y un gesto -o la ausencia del mismo- vale más que todo un pliego. Pedir que se cumpla lo firmado no es una exigencia caprichosa, sino una obligación contractual. Que se acate un reglamento taurino no es un antojo de cuatro intrusos, sino la oportunidad que se les brinda a todos de jugar, sin romperla, con la misma baraja. El respetar la figura del presidente sin ninguneos ni alevosía no es una imposición lacaya, sino la única vía racionalmente legítima que iguala a toros y toreros, aunque sólo sea en el momento en el que suenan los clarines.

 Viene esto al hilo porque la memoria es vaga y los recuerdos selectivos, y cuando hace un año Simón Casas se convirtió en nuevo empresario de la plaza de Madrid las primeras puertas que se le abrieron fueron justo las de nuestra casa, en las invernales tertulias de La Asociación El Toro de Madrid. Sabía Simón que no habría una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión, y allí nos contó todo lo quiso, incluso más. Pero del dicho al hecho va un trecho, exactamente diez meses: los que han transcurrido desde que Simón Casas estuvo en Casa Patas en noviembre pasado hasta el preciso instante en el que este boletín ha visto la luz. Desgajando lo que allí nos dijo, y siendo honestos, se han cumplido muchas de las promesas que entonces avanzó: tantas como las que se han quedado por el camino. Inició la temporada como prometió, con novilladas toristas de la Quinta y de Fuente Ymbro y una corrida de Victorino Martín el Domingo de Ramos, pero más allá del gesto de Talavante no ha podido cumplir su deseo de acartelar figuras con encastes del gusto de la afición (y eso que en Casa Patas afirmó que “quisiera acabar mi carrera aportando algo al torismo y tengo grandes ideas que intentaré llevar a cabo”).  Ha implantado un novedoso y modernizado sistema informático para facilitar la venta de localidades y de abonos, que al final no ha podido ser usado para adquirir entradas para ver a José Tomás, que por mucho que nos escueza es quien realmente revienta la taquilla… Por lo que ya se puede decir que de la revolución vaticinada por Casas jamás se supo.


Pero el hecho inmaculado, el epílogo que sintetiza a la perfección lo poco que importa en los toros morder la mano que da de comer es la opinión que hace pocas semanas vertió el empresario sobre los aficionados y jóvenes de la plaza de Madrid. Según Simón son, somos “imbéciles”, aunque lo que no queda claro es si se refiere a cuando exigimos en la plaza porque no se cumple el reglamento, o cuando adocenados desfilamos por taquilla sin protestar. Porque el hecho es que se paga por algo que luego no te dan,  pero la mano que mece la cuna opina que es mejor que acuda gente sin afición. El cirujano insultando al paciente, el camarero regañando al cliente, el empresario de la primera plaza del mundo quejándose de los abonados que exigen que cumpla el pliego.
Como otras veces, aquí ya se ha dicho, recordamos a Lord Kelvin, que dejó otra perla para la posteridad con esta cita: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”.  El propio Simón Casas en aquella lejana y borrosa tertulia de noviembre dejó dicho que “hay que engrandecer el torismo desde la evolución, lo que no evoluciona desaparece y no vayamos a perder el torismo por no evolucionar. No hay que tener miedo a reflexionar para evolucionar“.


El hecho de que siempre habrá aficionados rigurosos nunca podrá ser vilipendiado por la opinión de quien, en cierta medida, vive de esos a los que denigra, se ponga Simón como se ponga. Aunque el francés con dinero o sin dinero, por momentos, siga siendo el rey.



miércoles, 21 de junio de 2017

Lo que sé de Fandiño




Foto. Paloma Aguilar





En una de las escenas de la película “Barrio” los tres adolescentes protagonistas asaltan de noche una tienda en la cual se venden placas, galardones y medallas para competiciones deportivas;  cuando uno de ellos se abalanza sobre un trofeo de natación otro de los chicos que va con él, displicente y soberbio,  le increpa:

- ¿Para qué quieres tú eso, si no sabes nadar?

-  No sé nadar, pero sé ahogarme.


Yo no sé si Iván  era nadador, pero lo definitivo de una manera consciente e irrebatible  es la de veces que se hundió, que le hundimos, como al que arrojan al fondo del mar con un bloque de cemento encadenado a los talones. Pero Iván nunca se ahogaba. Una y otra vez, obstinado como un Houdini el escapista, emergía Fandiño de la abisal y negra profundidad del océano. Ahora él no está, pero con la resaca mal digerida de un luto imprevisto y las consecuencias en perspectiva asoman todas las buenas intenciones, panegíricos luminosos que no fuimos capaces de rendirle en vida.  

A Fandiño,  insurrecto y estepario,  nunca se le perdonó que sacudiese la caspa y los cimientos del status quo taurino encerrándose en Las Ventas con seis pavos de esas ganaderías de las que nunca se elimina lo anterior. Ese día, cuando finiquitaba al sexto, uno de Palha, se anegó el ruedo con almohadillas lanzadas desde los tendidos, nada comparable al trato dispensado con los que día tras día se enseñorean de los corrales y abjuran de la deontología taurómaca. Ni cuando en la encerrona de Bilbao en 2012 no hubo cojones a meter más de un tercio del aforo en la  plaza. Incluso el día que salió por la Puerta Grande en Madrid se le reprendió al entrar a matar sin muleta en  lo que para algunos suponía un acto inconsciente y suicida.

Se le pidieron tantas cuentas en vida que ahora queremos apaciguar nuestras deudas con un responso amable - mausoleos con forma de exégesis, panteones cincelados a golpe de teclado-,  algo que nos aplaque interiormente el ninguneo de antaño, nuestra mengua humana que nos impidió decirle cuando vivía lo que sólo ahora sabemos llorarle. Tal fue su honestidad sin solución de continuidad, por mucho que ahora nos atusemos las sienes intentando restituir su destino.

Sé que aquellos que hoy indagamos en lo más profundo de nuestra conciencia acudimos inopinadamente a la llamada de eso mismo: la búsqueda de la redención en lugar de asumir una cuota de culpabilidad.

Si hay una lección indirecta de Iván, si hay un zarpazo que hiere y adiestra, es el de la sublimación de la dignidad por encima del triunfo, de discernir la diferencia entre lo que cuesta y lo que vale, la importancia indeleble de pedir perdón antes que pedir permiso.

Perdónanos, porque alguna vez no supimos lo que hacíamos.


Que la tierra te sea leve, Iván.



Foto: Juan Pelegrín (pinchando aquí hay más fotos de Juan a Iván)


viernes, 9 de junio de 2017

Y Johnny cogió su fusil





Normal que después de la de Alcurrucén de El Juli todos esperásemos que esta fuera la corrida con picante, los Núñez incrustados en mitad de la semana torista, y con tres toreros de menos campanillas que el pasado día 25 de Mayo. Hoy todos estábamos con lo “fríos de salida, pero con ese tranco más en la muleta” y la verdad que la tarde, sin comerse a nadie, ha tenido de todo, con un muestrario de la casta en todas su versiones y con un torero que lo ha hecho mejor que nunca, otro que ha estado como siempre y otro que fue el que nos trajo hasta aquí.

El que hoy ha dado su mejor versión, su cota más alta vista hasta ahora, ha sido Juan del Álamo. Hoy Johnny cogió su fusil desplegando sobre el albero venteño el vademécum de sus funciones y competencias, del que nunca antes habíamos sabido por aquí de ello. El toro que ha sacado lo más hondo de Del Álamo ha sido Licenciado, colorado con sus 551 kilos cinqueños, bajito y con las sienes bien anchas, y por el que nadie dábamos un duro por él, ya que se frenó arteramente varias veces antes de entrar en el capote, sonaba de fondo los cuchillos en la ducha de Psicosis, cuando el mirobrigense, contumaz y firme lo desengaña en el capote, con un alarde de consentir y poder, sacándolo con garbosa torería a los medios. Ya en varas acude a su albur este Licenciado a los predios del picador de reserva, donde tras un marronazo propina una coz al aire. Ya en contraquerencia toma una vara yendo con el freno echado. Entra otra vez doliéndose al sentir el hierro, y aún una tercera entrada testimonial. Ahí Licenciado ya ha cantado su mansedumbre, siendo todavía más incierto y marrajo en banderillas. Remiso a cualquier estímulo, eludiendo cualquier combate, acudió presto Del Álamo a por él, rodilla a tierra, doblándose con firmeza terca, tirando del colorado y consiguiendo encelarle de nuevo en las telas. Ahí Del Álamo ya tiene a la plaza de su lado, y lo sabe según va sacando al mansito a la boca de riego. Y en el platillo vuelve a citar con la muleta por delante Johnny, sacándole una estimable serie con la derecha, nunca en terrenos comprometidos, pero con temple y mando suficiente para que el toro no se raje y vaya embebido en lo que Del Álamo le indica. Al cambio de mano a la izquierda brota otra buena tanda de empaque, sin punteos, en que los argumentos que dispensa el torero son temple y pundonor, alargando unas embestidas que dos minutos antes nadie nos hubiésemos creído que surgirían. Aquí Del Álamo ya sabe que no hay más tela que cortar, y se va a por la espada de verdad. Clarividente estructura de la obra del mirobrigense, en el mismo rollo de Ginés Marín con Barberillo, con los tiempos justos, sin pasarse de faena. Tras una última tanda en la que Del Álamo, se nota, torea para él, culminó su obra con un estoconazo en todo lo alto, de factura perfecta. Tardó en caer Licenciado, tragándose la muerte sacando la casta que un manso sí puede atesorar, lo mismo que tardó Trinidad en sacar el primer pañuelo, con una fuerte petición de la segunda, que hubiese concedido así una puerta grande no menos merecida que por ejemplo la de Ponce. Se mantuvo firme en su convicción Trinidad, dejando el trofeo en una pelúa. Tras pasear la oreja hubo aún una segunda vuelta al ruedo de Del Álamo, reivindicativa, de rabia y ego, como acumulando fuerzas para convencernos con el sexto. Rotundo Juan del Álamo, inapelable en todo lo que estuvo en su mano.

Y éste sexto que comentamos no era otro que Bocineto, 550 kg en la romana, bien armado, el de menos remate de la corrida, y ya entonces las gentes están con Del Álamo desde que se abrió el portón. Argumenta Johnny su prurito con el capote en el cinco. Se nota que está porfiado y con hambre, más este sexto no quiere caballo una vez puesto en suerte. En rayas se espanta y cocea, y se viene Alberto Sandoval al seis a picar. Brega con oficio Vicente Roldan para volver a camelarle, pero lo único que se dejó hacer fue un refilonazo en chiqueros, derribando allí a Juan Francisco Peña. Del Álamo, que no deja pasar una, se lo lleva al cuatro y ahí se deja pegar. Se viene arriba en banderillas este Bocineto, haciéndole hilo a Jarocho, quien incluso ha de endilgarle un par en la suerte del sobaquillo. Brinda al público Del Álamo. Sabe lo que se juega, y apuesta todo al negro. Cita de lejos, y como en su primero le receta una muy buena tanda con la derecha. El toro va, como dice Castavieja este Bocineto tiene postre, y ahí que va Del Àlamo. Se queda corto ya en una tercera serie, derrotando al aire, con la cara alta, desarmando incluso a nuestro hombre. Tira de él Johnny, y lo vuelve a embarcar de largo. Traga y se la pone en el hocico. A la izquierda ya no hay mecha que prenda. Saca petróleo Del Álamo entre tarascadas y algún gañafón. En registros más de emoción que de toreo. Se raja del todo el alcurrucén cuando va a por la espada Johnny. Lo más que consigue es cobrar una estocada tendida soltando el engaño. Y cuando rueda sin puntilla el toro ya flameaban pañuelos suficientes para sacar en hombros a la versión mejorada de Juan del Álamo, el Johnny que está vez sí cogió su fusil.

Manuel Jesús, anteriormente conocido como “El Cid”, para los que llevamos dos telediarios en esto, fue quien con su toreo al natural consiguió hacernos caer enfermizamente en esto de los toros, hipnotizándonos, ensimismándonos cual faquir con la cobra que asciende desde el cesto. Hoy como dejó escrito Machado “se canta lo que se pierde”, y de El Cid ya sólo nos queda el recuerdo de su majestuosidad apabullante y una vaga ilusión de volver atisbar en él algo de lo que nos hechizó entonces. Con su primero, Coplero, de 546 kilos, tocadito de pitones, larguito el toro, con el borlón barriendo el albero, no lo catamos hasta que llegó al caballo, donde empuja en la primera entrada teniendo que salir Juan Bernal más allá de las rayas, saliendo suelto nuestro protagonista, evitando solventemente Pirri que entre Coplero al encuentro en el caballo de reserva, aun así lo mete el Cid debajo del peto de Jesús Ruiz Román, por lo que al acudir de nuevo al picador de tanda el segundo encuentro es de puro trámite. Cuando inicia el trasteo con la muleta Manuel Jesús se le ve que prueba como desconfiado, en las antípodas de ese Cid ingobernable del que hablábamos que una vez nos enamoró, y se le recrimina desde el tendido. Quién iba a decirlo, que a El Cid un día se le echaría Madrid encima… Pide calma con la mano Manuel Jesús, pero no encuentra en ningún momento ni terreno ni distancia donde acoplarse con el animal. No dio un ruido el del Cortijillo que remendó la corrida. Pero tras dos tandas de perfil bajo, con el alma ausente y confianza nula, inexplicablemente se fue El Cid a por la espada de verdad, como si llevase un rato pensando en ir a por ella, abstraído como Bartebly el escribiente El Cid parecía como si prefiriese no hacerlo. Una estocada tendida y contrario más el descabello silenciaron lo que nunca tuvo eco.
El cuarto de la tarde, Antequerano, ofensivo en las perchas como todos sus hermanos, recibió de primeras un puyazo trasero a pesar del cual se durmió el peto, y aunque topó más que empujar casi consigue descabalgar a Jesús Ruiz Román. Le pone de largo El Cid en la segunda entrada, reconociendo el público su gesto, y brindando Antequerano una hermosa arrancada dejándose pegar en el faldón del picador. Y fue este Antequerano el toro que debió poner a El Cid otra vez en nuestros corazones. El de Salteras lo sabe, tiene otra vez la moneda, y con el oficio antiguo que tiene, curtido como está en mil de estas, ahorma la descompuesta embestida del alcurrucén, cogiendo el vuelo necesario para que vibren los tendidos y El Cid se lo vuelva a creer. Cuando se la echó a la izquierda ya no hubo esa conexión, no hubo ni fuerzas del toro ni alma del torero, pero su técnica resabiada llena el vacío de lo emocional, y sin ser nada emocionante como ayer lo de Rehuelga, todo toma el giro previsible de las últimas apariciones de El Cid, cumpliéndose de nuevo el axioma cidista que reza “toro que cuaja, toro al que no le estoquea de primeras”. Con la espada ligeramente trasera se atraviesa la plaza Antequerano para echarse en la misma puerta de toriles. Tras dos descabellos de Pirri, y a pesar de ser la sombra de aquel prestidigitador añejo, recoge la ovación - desde el tercio sin protesta alguna- el Manuel Jesús de ahora pero más que por su labor de hoy por tanto que nos dio El Cid de entonces.

Queda Joselito Adame, el mexicano que más veces ha hecho el paseíllo en Las Ventas contando el de hoy. El primero de Adame, Listillo, 521 kilos colorados, lavadita la cara, acudió ya de primeras al caballo sin que nadie le pusiera en suerte. Va el Listillo a empotrarse contra el kevlar del caballo que monta Manuel José Bernal. Suelto llega al de reserva donde le sueltan un picotazo, y sin más pide el cambio Adame. Saludaron Miguel Martín y Fernando Sánchez. Sin nada que puntuar en la muleta, este Listillo se quedó parado y desparramando la vista, de Listillo solo tenía el nombre. Joselito Adame hoy ha estado más perdido que el bombo de Manolo, y así se lo hicieron saber los asistentes hoy a la plaza, cuando articuló varias tandas con la derecha donde hubo más de recriminar que de celebración, más de palmas de tango que de aplausos. El abuso alevoso del pico y sacar el toro por las afueras no ayudaron al mexicano a ser tomado en serio. Ya con la zocata alguien le cantó la verdad del barquero al gritarle que había aburrido al toro… Dos pinchazos y cuatro descabellos cerraron en falso esta primera faena de Adame. En su segundo, Afectísimo - quizá el más terciadiato, alto sin ser zancudo- vimos que tampoco se empleó en varas, aunque sí consiguió derribar estrepitosamente en la segunda entrada a Óscar Bernal. Aún hubo una tercera y buena vara que sirvió de prólogo a un eficaz tercio de palitroque. Ya en la muleta principió Adame -con muchísima originalidad y dejando un sello propio y genuino- por estatuarios en terrenos del siete, sacándolo pinturero a los medios. Los aplausos se tornan abucheos cuando ya enfrontilado el hidrocálido mostró su versión más descaradamente impostada, sustentado todo su trasteo en la alcayata y el lomo combado ante la inerme acometida de Afectísimo. Cobró una estocada atravesada, y luego un pinchazo, para terminar degollando al toro de puñalada trapera. Pero por entonces ya sólo interesaba que saliese el sexto, para certificar si Salamanca por fin volvía a tener torero.



martes, 6 de junio de 2017

Dolores se llamaba Lola





Uno sabe que esta semana es de cante grande porque han venido los de Zaragoza -hasta Marco desde Italia- que de esto pilotan un rato. También se han acercado los franceses, que cuando tienen que agendar días venirse a Madrid esperan pacientes que se recoja el público festivalero y de aplaudir, y asoman siempre la semana en la que cuando la casta sale por chiqueros los claveleros saltan por la ventana. Luego en la plaza todo tiene su tiempo: las protestas en su momento justo, las ovaciones cuando toca premiar. Es la ley no escrita del aficionado, esos breves espacios de tiempo que sirven para explicar, a veces con silencios, algo más que lo que explica un bieeeen a destiempo o un pañuelo que pide una oreja de pueblo.
Dolores se llamaba Lola, ganadera de mansos encastados, y sin contar la novillada de hace semanas hoy volvía tras siete años sin lidiar una corrida de toros. Cada uno de su padre y de su madre en las hechuras, homogéneos en la mansedumbre de sus comportamientos.

A Rafaelillo le tocó entrar en escena con Guindoso, 530 kilos coronados por unas  buenas velas, bajo y armónico que dicen los revisteros, pero remiso a acudir allí donde no le apetecía, argumento que constató en el caballo, gesto que hizo que Agustín Collado franquease la primera raya, y sólo ahí y entonces fue cuando el morito de La Lola se cobijó en los bajos del peto,  empujando subterráneamente en lo acolchado del caballo. Cuando se desentendió de la suerte Collado volvió grupas de su aleluya, y ahí como a traición embistió Guindoso de nuevo, siendo censurado el pica al ensañarse con Guindoso más allá de las rayas. Como se oyó a uno en la grada, el segundo puyazo dejó cadáver al toro. Afloró en banderillas su condición mansa y de huida, la cual intercaló con arreones y algún que otro  gañafón aéreo. Lo intentó a la heroica Rafaelillo, tirando de oficio pero obviando la parte emocional. Guindoso  sólo acometía a tiro fijo, marrajo y agreste, impidiendo siquiera que Rafaelillo se incorporara después e principiarle por bajo, doblándose con él buscando el sometimiento que no tenía. Indomable Guindoso  le hicieses lo que le hicieses. Obviaremos la infame estocada haciendo guardia y el descabello junto al carrusel con la  puntilla.
Con el cuarto, Caracorta, de 529 kilos, salpicado en la capa, enseñando las palas como sus hermanos, el más terciado de la corrida,  tampoco tuvo prontitud en ningún lance, parado y avieso, y así es como se comportó en varas, apalancándose entre las dos rayas, teniendo que salir a su encuentro Esquivel, al que descabalga violentamente.  Cumple en varas, que es tanto como decir que fue, pero no se empleó. Desparrama la vista Caracorta, se entera de todo, de ahí que haga hilo amenazadoramente en banderillas. Peligro no tan sordo el de este Caracorta, que se revuelve a cada medio pase de Rafaelillo. Auténtico prenda que corta los viajes como la navaja de una reyerta. Aunque la estocada de Rafael Rubio la cobró entera, aún se levantó el toro al sacarle la espada, dejando Caracorta el prurito de su casta tragándose la muerte hasta el final.

Alberto Lamelas pechó con dos de Burgos. Burgalés II, con 540 kilos negros, muy protestado de salida, como tapándose  por la cara, anovillado,  sin remate ninguno. Le paró Lamelas enfrente del cinco, y eso ya destilaba algo distinto de los inicios de faena habituales.  Picado en la paletilla primero, y de manera abusivamente trasera después,  se cae Burgalés II de manera inmisericorde. Rebrincado  en todos los cites, sin apenas fuelle para presentar batalla alguna a Lamelas, es otro pájaro este de doña Lola, punteando todos los cites, con la cara arriba siempre. Alguien de una localidad cercana apunta que  Alberto no le corre la mano -que sí,  que eso es lo difícil-  y el Burgalés II se cuela siempre por ese ínfimo hueco que deja Lamelas entre su cadera y la muleta. Alberto torea poco, sabe que no hay tren que dejar escapar, y a su manera echa la moneda con este toro. Traga lo indecible con él, pero el animal repone y hace rectificar a Alberto a cada pase. Misión más que imposible. Luego unas bernardinas incomprensibles –más aún tras ver a Venegas el día de antes-. Finiquitó metiendo la mano casi hasta la gamuza.
Con el quinto Burgalés I, 550 kilos el bicho, montadito y con badanita, Lamelas se encontró con un toro que sólo supo salir siempre huyendo. Tras dos varas remolonas – vistoso y eficaz el toreo a caballo de Antonio Prieto- en banderillas se tuvo que desmonterar Juan Navazo por su esmero con los palitroques. Y aquí es donde Alberto Lamelas vino a hablar de su libro, y así consiguió nuestra atención enganchando dos tandas de tres derechazos y un cambio de mano por detrás que le servía para  abrochar las series con el de pecho. Burgalés I, que ya se había enterado algo de qué iba la cosa, terminó totalmente orientado cuando Lamelas se la echó a la izquierda, dilapidando por ese pitón todo lo bueno que había emanado en las series precedentes. Dignísimo Lamelas, honesto de verdad, irreprochable su determinación. Dejó de nuevo como epílogo otra serie de bernardinas (¿?) antes de enterrar una estocada entera que fue escupida. Entró de nuevo a matar, dejando otro estoconazo. Y en otra muestra palmaria de que es la casta pura el toro atraviesa el ruedo para caer redondo en la otra punta, en terrenos del cinco. Una gran ovación en el arrastre para Burgalés I,  y un buen puñado de aplausos para los saludos de Lamelas.

El lote se lo llevó Gómez del Pilar, y él lo sabe. Burgalito, que hizo tercero, 574 kilos en la báscula, y no tan exagerado de cuerna como sus hermanos. Le recibió Del Pilar a portagayola, y luego le enjaretó otra larga cambiada, aunque Burgalito lo que quería era buscar siempre el camino de vuelta a casa. Con un buen ramillete de verónicas, ganándole terreno al de doña Lola, no pudo completar la obra Del Pilar al perder las telas con la media de remate. En varas la cosa fue inédita, dejando un  volatín entre ambas. A Gómez del Pilar se le valoró que puso de largo al de Dolores Aguirre, aunque ya en la esencia de la suerte dosificó Pepe Aguado los puyazos. Topa en las dos, sin empujar en ninguna el toro. Suficiente para ahormar el cabeceo que asomó desde la salida Burgalito. Brindó G. del Pilar a El Chano. Es éste toro el que embiste más por derecho, el más humillador, descolgando en cada viaje. Así lo entendió Gómez del Pilar, quien con pulso férreo y tragando lo que no está escrito en cada toque le endosó dos tandas de pases largos y bien tirados que llegaron con eco a los tendidos. Firme en su resolución,  tentó también por la izquierda el chaval, mas fue ahí cuando Burgalito anunció por ese flanco sus finales rajados. Alargó innecesariamente la faena Del Pilar. Tras el aviso entró a matar, dejando una estocada chalequera, muy caída, que no fue óbice para que le fuese concedida una oreja muy muy protestada, de la que no había petición mayoritaria ni de coña. Así están los palcos.  La pitada a la presidencia ahogó los aplausos en el arrastre a Burgalito.

Con el que cerraba la tarde, de nombre Clavijero,  cornivuelto y de aspecto talludo, evitó con su irrupción en la  salida, lateral y abanta,  que fuese lucida la portagayola de Del Pilar. En el caballo entró al relance la primera vez, y un marronazo con rectificación en la segunda entrada, queda el tercio de varas finalizado con un picotazo que le endilga “El Patilla” al final del espinazo. Aquí emerge la figura de José Antonio Carretero en la lidia, que no sólo brega al Clavijero  sino que le enseña a embestir con tres capotazos por bajo, corrigiendo lo que no ha ahormado el  caballo. No se acopla con él nunca Gómez del Pilar porque Clavijero ni tiene la fijeza del otro ni mete la cara con tanta clase. Rebaña nuestro hombre algunos pases sueltos, apura incluso lo poco de bueno que insinúa el Clavijero, reservón y soltando tornillazos. Muy   de verdad el chaval, pero insuficiente. Luego el mitin a espadas mientras le sonó un aviso (eso que antaño era una recriminación y  hoy casi es un halago) hizo que sin llegar a salir bailando de la plaza supiésemos a ciencia cierta que hay otra fiesta, la de la casta, un fin de raza que repele a unos cuantos y nos atrae a unos pocos. Aunque sólo sea por esta semana. 


jueves, 1 de junio de 2017

Toreo moderno con vicios antiguos y el primer tercio de varas de la feria






Y si la gente se rompió las manos aplaudiendo con el deleite de Tito Sandoval con el quinto, ¿por qué esa ominosa corriente de intentar eliminar el tercio de varas? Si allí todo el mundo se puso en pie con las arrancadas de lejos de Cojito, ¿por qué se abjura así de la única manera posible de calibrar la bravura en la plaza, que no es otra que las entradas al caballo?
En días como hoy la plaza se voltea por completo, nadie quiere irse de ella sin algo que contar al día siguiente en la peluquería, o en el consejo de administración, o incluso en el brunch, por lo que sin más motivo que la mera necesidad de contarlo, se producen acontecimientos espurios que hacen que se aplaudan toros mansos, se abuchee a los picadores o que Morante presencie la corrida en el tendido del siete, ése que él mismo motejó de “el Madrid hostil”.
Con la mitad de las letras aún por pagar de esa hipoteca llamada San, los que también vienen fuera de Feria a la plaza se deslizaban desde Manuel Becerra sin la más mínima esperanza depositada en la terna,  acaso se hacían la ilusión del fallo positivo de algún victoriano, que saliese algún Curioso como el de Ureña en la goyesca, porque lo de ver a un epígono de  Cantapájaros de El Juli o el  Beato de Esplá era como que nos tocase un cuponazo de la ONCE. Aun así salieron toros con cortijos en los pitones, sobre todo los dos castaños de López Simón, que se llevó el lote, aunque las orejas fueron para Perera y Roca Rey. Toros cinqueños cuatro de ellos, descarados de pitones y con disparidad en los remates, pero el no ser protestados de salida dice mucho del cuajo que portaban.

Perera se las vio de entrada con  Jocundo, 590 proporcionados kilos negros, toro que enseña las palas, y que en su primera vara empuja sin celo, sangrando lo suficiente como para que la segunda sea un mero trámite. Bonancible y noblón en la muleta de Perera, cogía los vuelos por abajo, colándose incluso un par de veces avisando al extremeño de lo que allí se cocía. En ningún momento transcendió lo que Perera allí articuló. La palmaria prueba de ello es que cuando ya definitivamente se raja el toro alguno censuró la labor con un "¡¡el toro se aburre!!".  Casi entera la estocada, trasera y caída soltando el engaño.  Cuando sonó el primer aviso Perera seguía allí. Por no descabellar deja Perera que el toro caiga de esa manera que luego los antis usan para hacer campaña.
En el cuarto, Cantapájaros,  640 kilos –para que luego digan que con esos pesos no embisten los toros- acapachado,  con su badana degollada,  topó en varas sin esmerarse ni un ápice en hacer pelea. Apuntemos aquí la sobria brega de Javier Ambel a este cuarto. Fue ahí y entonces cuando Perera empezó a tirar de toda su técnica para hilar con la fijeza y calidad inerme de Cantapájaros una faena de gran público, sacándole dos tandas estimables de ligazón y recorrido, sin entrar en terrenos comprometidos ni en litigios con Cantapájaros, como esos actos de conciliación para evitar males mayores. Cuando le endilga tres series con la zocata los aplausos de aluvión anegan la plaza, mientras Cantapájaros  busca la vuelta a casa, rajado como se rajaron el resto de sus hermanos al final de las faenas. La estocada fue bien ejecutada y fulminante, por lo que la oreja se pidió con fruición, tanta como fue concedida. Lo que no saben quienes pidieron la pelúa es que Perera antes toreaba. Pero ¿qué importa eso comparado con salvar la fiesta a base de pañuelos al viento?

A López Simón la peor traición que le hemos podido hacer en Madrid fue abrirle tantas veces la Puerta Grande. Ahora se ha asentado en el limbo de los que componen la figura, sin aportar más argumentos de un arrojo desmesurado, como casi todo el escalafón, y una rentas de aquellas puertas grandes que le permitirán seguir viniendo a carteles de postín donde todo lo que dé será del agrado del que sólo viene una vez a la plaza. Principió con Cangrejero,  que hacía segundo, castaño hecho cuesta arriba, ofensivo como el resto de la corrida,  que ya besa la lona en el recibo de capote. Y al entrar a la  primera vara, buscando abrigo bajo del peto como un boyscout en la hoguera de una acampada. Al salir de esa primera vara también se cae. Inédito en la segunda puya, ahí ya todos sabíamos que nos comeríamos el inválido. Lo que diferenció la faena de López Simón respecto al resto de sus tardes es que le concede una distancia prudencial  a Cangrejero, sacándole tandas ligadas sin llegar a reunirse en ningún momento con él. Dichas series son jaleadas con estruendo, pudiendo discernir con un poco de atención que se prestase cuáles son los aplausos que siguen a los “bieeeen”, como era el caso, y  las palmas que siguen a los olés –cosa que sólo se dio tras la performance antes mencionada de Tito Sandoval- . Aprovecha las inercias el de Barajas, mas cuando se echa la muleta a la izquierda el toro le obliga a reponerse  y  empieza a desarrollar un desabrido punteo con el que acuchilla todos los toques. López Simón no para, porque no hay nada que parar, ni templa ni manda, porque no hay nada que mandar tampoco. Otra vez abusa de lo que funciona, la derecha, ahora ya obscenamente fuera de cacho, por lo que ante las censuras de los que sí suelen ir a la plaza y diferencian una ópera. Cuando le dan el primer aviso la estocada ya estaba caída,  y la faena esfumada.
El quinto es el otro castaño, 649 kilos, y por alusiones el mejor toro de la tarde para la cosa moderna del toreo moderno. Cuando este quinto toro, Cojito, derriba estrepitosamente a Tito Sandoval en la primera entrada, ante los públicos ocasionales que se regodean con la caída del picador, subyace de los tendidos el runrún de los aficionados con el culo pelado en la piedra de la plaza, que atisban en este primer encuentro algo más que un derribo simpático. Se vino de lejos en la segunda entrada Cojito, y ahora Sandoval sí se agarra con destreza y eficacia al castaño. No fue una pelea denodada, no fue una lucha de encono, pero el mero hecho de presenciar el galope furibundo de un animal en dirección a donde sabe que le han hecho daño, queriendo poderle al que le ha infringido dicho dolor, eso en sí mismo vale –como bien apuntaba el bueno de mi amigo Curro- los 300 euros que llevamos gastados de feria para ver la primera vara de San Isidro. Se atrevió Cojito a tentar una tercera entrada, pero capotes voladores cambiando la dirección del toro nos privaron de saber si en una tercera vara Cojito sería bravo o un inconsciente. Lo dicho, la mayor ovación de la tarde mientras la gente se relamía la comisura de los labios.
Haciendo hilo en banderillas este Cojito le recibe López Simón de hinojos. El toro humilla y repite, y eso lo aprovecha el de Barajas para meter a la gente en el bote de la locura colectiva y orejera. Va de largo y  L. Simón consigue hasta templarle en varios pasajes. Al probar con  la izquierda se ve que no tiene ni medio pase. Canta la gallina ahí.  Y al volver a las derechas el toro ya no pasa. Desconfiado al entrar a matar pincha por dos veces, y con los descabellos posteriores el castillo de naipes se ha desparramado por completo. Uno de al lado nuestro dice que si hay un Dios ése es torista,  que no iba a dejar abrir una vez más la Puerta Grande a López Simón.

Y luego está Roca Rey. Hay quien con el tiempo que al ver al peruano, como ocurre con López Simón, reconduce su criterio y se da cuenta que no siempre se puede premiar la buena voluntad, y poco a poco Roca Rey va ayudando a esas gentes incautas a volver al redil de la exigencia necesaria. El tercero, Beato, que es un manso de libro, es picado en la contraquerencia. No se sabe muy bien cómo pero se volvió a picar en el cuatro. Huye este Beato hasta de los quites. Es tan rajado que no para de intentar saltar al callejón, consiguiendo en uno de esos intentos hacer saltar por los aires las tablas del ruedo que están justo debajo del stand televisivo de David Casas. Traga y aguanta Roca Rey en la muleta, que por ahí no hay un pero que censurarle. Lo que empieza en terrenos del cinco termina en una tournée hasta chiqueros. Y ahí por más arrestos que argumenta Roca Rey no puede sacarle más que  péndulos, circulares y espaldinas, en un restregón valeroso pero inútil, todo ello ya en la puerta de toriles. Mete la mano el peruano al entrar a matar, que no es moco de pavo con lo que tiene delante. Aguerrido Roca, se sabe pinturero y lo explota al máximo. De ahí la oreja que las visitas de hoy en Las Ventas le conceden.
Ya con el sexto, Entrador, otro cinqueño  que despliega de inicio su condición abanta y pastueña que hizo sonara los estribos al entrar al caballo, picado muy de cerca, y ya en la segunda venida fue vergonzosamente puesto en suerte al relance por Roca Rey. Inane, ramplón, huidizo, Entrador guarda en sus adentros todo lo malo que llevamos viendo estas dos últimas semanas. Aun así tuvo tiempo Roca Rey de ligarle tres series de  derechazos, escupiendo siempre al  toro hacia tierra de nadie, y luego ese cambio de mano por detrás para culminar con el  de pecho, ni obligado ni nada, sin renunciar nunca a ese contemporáneo y antiestético  brinquito entre pase y pase con el que se reubican los toreros tras perder pasos.  Nunca en la rectitud, siempre en la parábola, mostró el peruano su versión más ventajista, que coincide con la de sus últimas visitas, dejando al descubierto el poco repertorio que se gastan algunos en cuanto los problemas no son los de siempre.


viernes, 19 de mayo de 2017

Primeras admoniciones y mención especial a los custodios de la redes sociales






Igual que Steve Jobs tenía su garaje para trastear con el I+D de lo que luego sería el emporio Apple, Juan Pedro Domecq Morenés tiene esto de Parladé como su CSI particular para monitorizar la cosa de la casta y la bravura integral.
Todos esperábamos algún vástago de “Bullicioso” el raceador, como el “Ingrato” indultado en Nîmes por José Tomás o el “Grosella” al que Iván Fandiño le cortó aquí una pelúa. Pero no. Hoy el know-how de Domecq Morenés, de consuno con la criba del reconocimiento matinal han dejado incompleta la corrida,  aunque dicho fielato no ha sido nada comparado con la selección intelectual de las redes sociales, esas redes que como almadraba en Barbate te inmovilizan si no opinas como ellos. Hoy ha quedado claro que hay que deshacerse de los del siete que protestan todo, a los chuflas de los ateneos y a los de la grada joven que piden que no les engañen, o aquellos abueletes que no quieren poner a un güen afisionao presidiendo corridas. Y todo porque es mejor opinar lo mismo todos, que no es otra cosa que aquello que encandila a unos pocos, antes que exigir que se cumpla un reglamento y lo que se ha pagado en la entrada, que son tres tercios y no sólo cincuenta pases de muleta.

Del sustrato de la tarde que conste en acta que Curro Díaz, al que se jaleó a rabiar ya al abrirse de capa con su habitual empaque y buen gusto en su primero, -¡qué hostil es la plaza de Madrid!-  de nombre  Noctámbulo, apretadito de carnes, que pasó desapercibido  en el primer y segundo tercio, el de varas.  Soso e insulso en sus maneras, marmolillo el Noctámbulo, el bueno de Díaz no pudo sacarle no siquiera la gracia de unas trincherillas, ni su garboso cambio de mano. Cuando le recetó un pinchazo hondo Noctámbulo dio por iniciada la temporada de playa echándose a la arena a esperar que acabase el día.
Luego pechó con Chispero, el remiendo de El Montecillo, con sus salpicadas y blandas arrobas más que sueltas, cuya anatomía terminaba en forma de almendra. Picado en contraquerencia, su segunda entrada ya en el caballo de Valle Quinta, el picador de tanda, fue percutido cariñosamente con la firme intención de evitar cualquier daño colateral. Lo recoge en el uno Curro, en terrenos conocidos para Chispero, más de acompañar que de exigir. Pero Curro, tras probar por ambas manos, no puede articular ni un esbozo de su tauromaquia, ya que el poco  fondo de Chispero y sus ganas de volver por donde ha venido inutilizan cualquier trasteo del jienense. No le ha regalado ni una embestida Chispero, ni siquiera para sacarnos algún uy del gaznate. Tras volver a pinchar en hueso el descabello epilogó lo que ha sido, sin ser, la segunda tarde de Curro en feria.

A Fandiño le devolvieron a corrales su primero y corrió turno para lidiar al segundo de su lote, Novelero,  colorado chorreado en verdugo que ya de inicios besó la lona.  Cantó su condición mansa en el caballo donde se defendió más que entregarse. Con la carita siempre por la nubes derrotando al aire ya en la muleta llegaba a los cites y toques del de Orduña,  pero no se iba de ahí... Hubo nobleza, que es otra manera de ocultar la sumisión, y a pesar de la porfía de un lánguido Iván, todo retumbó insustancial por la mencionada falta de materia prima.
Acobardado era el  sobrero de El Montecillo que había dejado Fandiño para hacer quinto,  un mozo que iba enseñando las palas, terciado y escurrido como el otro montecillo. Acobardado sí que hace honor a su nombre, y ya había dejado aviso de su miedo cerval punteando en dos ocasiones las telas de Iván. Cantó la gallina en varas queriendo abalanzarse  sobre el picador Juan Melgar. Y ahí ya comprendimos no ya que fuera cobarde, sino burriciego. Otro aviso a Jarocho ya en banderillas, y luego otro zarpazo, y otro, y el  desarme a Curro Díaz que estaba al quite y para remate –y aquí es donde se dio la primera admonición a nuestro presidente más mediático, don Jesús María Gómez- se ponderó el reglamento por delante del sentido común y se insistió en completar hasta cuatro las banderillas clavadas (¿o son dos pares de dos?) necesarias para cambiar el tercio, con lo que  al volver a intentarlo Víctor Manuel Martínez con los palos le cazó de nuevo Acobardado, empitonándole por los aires, dejando la doble enmienda con el presi: cómo un toro que le falla la visual ha pasado el reconocimiento, y cómo ceñirse tanto al reglamento con un toro geniudo y resabiado. La mecha de la furia ya estaba corriendo por los tendidos, por lo que Fandiño pagó también ciertas iras al ni siquiera machetear al toro, tocarle los costados, destaparle para la muerte, es decir prepararle para una lidia que ahora se abomina, espanto para la visión moderna y estética de nuestro días, y sin ni siquiera intentarlo Fandiño no puede por más que pasaportarlo. En su intento dejó tal mitin con espadas y descabellos que eso pareció Ismael intentado arponear a Moby Dick. Dicen que a la salida hubo un desplante más con los que le abucheaban, pero mejor no contarlo por si incumplimos el código ético impuesto por los censores de Twitter.

De David Mora nos queda la baraka que tiene en los sorteos, que sus lotes son para darles fiesta con poco. Hoy tuvo un primero, Lustroso de nombre que no de morfología, con cara de niño bueno, anovillado y de andar pueril, protestado de salida también... un zapato vaya.  Gustó con el saludo capotero Mora, y ya en el negociado del primer tercio Israel de Pedro amortiguó la puya en las dos idas del Lustroso. Con un vientecillo molesto y dañino principió David Mora con un comprometido pase cambiado por la espalda, haciéndonos soñar que la cosa podía funcionar en ese registro. Seguía levantisco el aire, y tras un buen derechazo improvisa inopinadamente una espaldina, que remata de pecho. Tras los primeros aplausos y oles –que no olés- de la tarde ligó otra buena tanda templando el viento y al inválido,  que sin forzarlo se cae. Va siendo menor el tono según se le "exige". La estocada aunque atravesada penetra hasta los gavilanes, lo que deja una división de opiniones al toro arrastrado (¿?) y a David Mora asomándose al tercio a recoger la amable  ovación.

Con el sexto, Helénico, se explaya también David Mora con el  capote, mas nada bueno pasó hasta banderillas que es cuando asomó Ángel Otero  a parear a este sexto, y si bien no fue igual de riesgoso y expuesto que el pasado día 13, volvió Otero a  emerger los palitroques desde lo más abajo, cuadrando en la misma cara del toro, saliendo de la suerte como quien para un taxi, que con tanto susto y salto al olivo es como un oasis en el desierto de la torería andante.  Ya con la muleta se dobla David Mora con Helénico de inicio, señalándole el camino, y ya cuando se vuelve a estirar se la pone por delante y le saca lo más decente de la tarde. Decente decimos porque aunque tira más de recursos que de pellizco le saca dos series ligadas que no convencen a todos, lo sé porque mi vecina de localidad, que no de abono, al oír a otro abonado que le recriminaba a Mora que se le iba sin torear esta ocasional aficionada ha rezongado un “baja tú, si tienes cojones”, versión actualizada del bajatú morantista, que ahora manda más una que viene de Toledo un día a los toros que el que se va a tragar sesenta festejos en su plaza… Ya con el depósito en  la reserva no se repiten  por la izquierda esos buenos augurios de inicio. David Mora lo sabe, por eso se agradece su justa brevedad al leer entre líneas, y no se da coba con el Helénico. Tras otro estoconazo he ahí que se vino la segunda admonición al presidente JMGM, ya que a pesar de la fuerte petición de oreja fue muy muy protestada por los allí presentes. Se oyeron gritos, mucho gritos, de “fuera del palco”. Se dieron palmas de tango y silbidos por igual. Se cuestionó la literalidad del reglamento, una vez más. Se puso en entredicho la afición del presidente, por primera vez.  Fue todo muy loco. Pero mejor no decir nada, no vayamos a molestar a los correctos; no vayamos a romper la magia de todo lo bueno que tiene aplaudir lo que otros quieren que sea aplaudido.